Por: Genil Cuesta Féliz | laplumaperspicaz. ☆☆☆☆☆.
EL PAÍS PUEDE APRENDER DE LAS EXPERIENCIAS EXTRANJERAS, PERO LA SEGURIDAD DOMINICANA DEBE CONSTRUIRSE DESDE NUESTRA REALIDAD, NUESTRAS INSTITUCIONES Y NUESTRA CULTURA. 》》》.
Cada cierto tiempo, República Dominicana vuelve a hacerse la misma pregunta: ¿cómo enfrentar la delincuencia y garantizar la seguridad de los ciudadanos?
La respuesta suele buscarse afuera.
Unos miran hacia Nueva York y recuerdan el modelo de Rudolph Giuliani. Otros miran hacia El Salvador y colocan sobre la mesa el nombre de Nayib Bukele. Algunos piden mayor dureza, más policías, más cárceles y penas más severas.
Pero quizás la pregunta fundamental sea otra:
¿Por qué República Dominicana tiene que copiar un modelo extranjero cuando puede construir uno propio?
La seguridad ciudadana dominicana necesita firmeza, pero también inteligencia. Necesita autoridad, pero también legitimidad. Necesita policías mejor preparados, pero también justicia eficiente. Necesita prevención, tecnología y persecución del delito, pero también barrios atendidos y oportunidades para quienes viven en ellos.
En definitiva, República Dominicana necesita un modelo diseñado para los dominicanos.
La lección que dejó Giuliani
Durante la campaña presidencial de Luis Abinader, su propuesta de seguridad estuvo vinculada a la experiencia de Rudolph Giuliani, quien había sido alcalde de Nueva York y cuya firma fue contratada para realizar un diagnóstico y formular recomendaciones para enfrentar la delincuencia en República Dominicana.
El tema despertó expectativas porque el llamado modelo Giuliani había adquirido notoriedad internacional por la transformación de Nueva York durante los años noventa.
La promesa política fue ambiciosa.
Pero una cosa es estudiar una experiencia extranjera y otra muy diferente trasladarla íntegramente a otro país.
Nueva York no es Santo Domingo.
La estructura policial no es la misma. Las leyes no son las mismas. El sistema judicial no funciona igual. La cultura ciudadana es diferente. Las características territoriales, económicas y sociales tampoco son comparables.
Y aquí aparece una primera gran lección:
un modelo de seguridad no puede importarse como si fuera una pieza de repuesto.
Tiene que adaptarse a la sociedad donde será aplicado.
Y ahora aparece Bukele
El fenómeno de Nayib Bukele ha llevado esta discusión a otro nivel.
El Salvador consiguió una reducción extraordinaria de los homicidios y una transformación profunda de la percepción de seguridad. Eso explica por qué el modelo despierta admiración entre ciudadanos de otros países latinoamericanos que también sufren delincuencia y violencia.
Pero el modelo salvadoreño también ha generado fuertes cuestionamientos sobre derechos humanos, debido proceso y concentración de poder. Organizaciones y expertos han señalado que los resultados en seguridad tienen un costo institucional que no debería ignorarse.
Por eso República Dominicana no debería plantearse una pregunta tan sencilla como:
“¿Queremos un Bukele?”
La pregunta correcta debería ser:
“¿Qué elementos de las experiencias exitosas de otros países podemos adaptar a nuestra democracia sin importar sus excesos?”
Porque una cosa es aprender de otros.
Y otra cosa es dejar de ser nosotros mismos.
El dominicano quiere seguridad, pero también quiere libertad
Hay una característica de nuestra sociedad que no puede ignorarse.
El dominicano reclama autoridad cuando siente que la delincuencia amenaza su familia, su negocio o su comunidad.
Pero también valora profundamente su libertad.
No quiere vivir con miedo al delincuente.
Pero tampoco quiere vivir con miedo a la autoridad.
Ese equilibrio es fundamental.
El Estado debe ser suficientemente fuerte para enfrentar al criminal, pero suficientemente democrático para respetar al ciudadano.
Ahí está uno de los mayores desafíos de cualquier modelo dominicano de seguridad.
No se trata de escoger entre mano dura y derechos humanos.
Se trata de demostrar que la autoridad puede ser firme sin convertirse en arbitrariedad.
República Dominicana tampoco parte de cero
Sería injusto afirmar que todo lo realizado en materia de seguridad ha fracasado.
Los datos oficiales muestran una reducción significativa de los homicidios durante los últimos años. La Policía Nacional reportó que la tasa pasó de 12.35 en 2023 a 10.69 en 2024 y alcanzó 7.79 en 2025; para 2026 se ha mantenido en niveles inferiores a los de años anteriores.
Incluso el Gobierno ha desarrollado instrumentos nuevos para medir el desempeño de las instituciones de seguridad. En febrero de 2026 se creó el SISMAP Seguridad Ciudadana, concebido para monitorear, evaluar y fortalecer el trabajo de las instituciones responsables de proteger a la población.
También existe el antecedente de Mi País Seguro, una estrategia que combinaba prevención del delito, desarme, registro de motocicletas y acciones sociales en las comunidades.
Por tanto, el debate no debe comenzar diciendo que República Dominicana está empezando desde cero.
Ya existen piezas. Lo que falta es convertirlas en un sistema coherente, permanente y profundamente dominicano.
¿Cómo debería ser el modelo dominicano de seguridad?
1. Una Policía que conozca el barrio
La Policía no puede ser una institución que solamente aparece después de ocurrido el delito.
Debe conocer el territorio.
El policía de cada sector debería saber cuáles son los puntos conflictivos, quiénes son los comerciantes, dónde existen problemas recurrentes, cuáles son los horarios de mayor riesgo y cuáles son las comunidades más vulnerables.
La seguridad comienza con información.
Y la información comienza conociendo el territorio.
2. Inteligencia antes que fuerza
Un Estado moderno no combate la delincuencia solamente colocando patrullas en las calles.
Necesita inteligencia criminal.
¿Dónde ocurren los robos?
¿A qué hora?
¿Quiénes participan?
¿Qué armas utilizan?
¿Cómo se movilizan?
¿Existen redes organizadas?
¿Qué relación existe entre determinados delitos?
La tecnología debe servir para responder esas preguntas.
Cámaras, mapas criminales, bases de datos, análisis estadístico, investigación financiera y cooperación entre instituciones pueden hacer mucho más que una simple patrulla recorriendo una calle.
3. Una Policía profesional
El policía dominicano necesita sentirse orgulloso de pertenecer a una institución profesional.
Eso requiere capacitación permanente, salarios dignos, equipos adecuados, tecnología, carrera policial y mecanismos efectivos de evaluación.
Pero también requiere algo indispensable:
control interno.
Una Policía que no controla a sus propios miembros pierde autoridad moral frente a la sociedad.
La reforma policial, por tanto, no debe consistir únicamente en cambiar uniformes, vehículos o edificios.
Debe transformar la cultura institucional.
4. Justicia rápida y efectiva
Aquí está uno de los grandes problemas de cualquier estrategia de seguridad.
La Policía puede investigar.
Puede detener.
Puede presentar evidencias.
Pero si el sistema de justicia no funciona con eficiencia, la ciudadanía termina percibiendo que nada ocurre.
Seguridad significa una cadena completa:
prevención → investigación → arresto → Ministerio Público → tribunal → condena cuando corresponda → sistema penitenciario.
Si uno de esos eslabones falla, todo el sistema se debilita.
5. Combatir las armas ilegales
Una discusión callejera no debería convertirse en un homicidio porque alguien tiene un arma de fuego al alcance de la mano.
El control de armas debe convertirse en una prioridad permanente.
No solamente perseguir al que dispara.
También investigar:
¿de dónde salió el arma?
¿Quién la vendió?
¿Cómo entró al país?
¿Quién la distribuye?
El verdadero combate contra las armas comienza atacando las redes que las colocan en las calles.
6. Prevenir antes de perseguir
Hay delitos que pueden prevenirse.
Y aquí República Dominicana tiene que mirar más allá de la Policía.
Un joven sin oportunidades, un barrio sin espacios deportivos, una comunidad sin iluminación, una escuela desconectada de su entorno y una familia abandonada por las instituciones constituyen factores que pueden aumentar la vulnerabilidad social.
Por eso la seguridad también se construye con:
- educación;
- empleo;
- deporte;
- iluminación;
- parques;
- recuperación de espacios públicos;
- tratamiento de adicciones;
- atención a jóvenes en riesgo;
- programas familiares;
- y participación comunitaria.
Un parque iluminado y ocupado por niños y familias también es una política de seguridad.
7. La comunidad debe formar parte de la seguridad
Las juntas de vecinos no deben ser vistas únicamente como organizaciones que reclaman calles, lámparas o servicios.
Pueden convertirse en aliadas de la seguridad.
Cada comunidad conoce problemas que muchas veces no aparecen inmediatamente en una estadística nacional.
Sabe dónde se producen atracos.
Sabe dónde se reúnen grupos conflictivos.
Sabe cuáles son los lugares abandonados.
Sabe qué problemas están creciendo.
El Estado debe escuchar esa información.
Pero debe hacerlo dentro de mecanismos institucionales que protejan a los ciudadanos y eviten convertir a los vecinos en informantes expuestos.
8. Seguridad diferenciada según el territorio
No todos los problemas de seguridad son iguales.
La estrategia para Santo Domingo no puede ser idéntica a la de Santiago.
Ni la de Santiago puede ser igual a la de una comunidad rural.
Hay barrios donde el principal problema son los robos.
En otros, los conflictos personales.
En otros, las armas.
En otros, el microtráfico.
En otros, los accidentes y la violencia vial.
Por eso el modelo dominicano debería funcionar con diagnósticos territoriales.
Cada municipio debe saber cuál es su problema principal y qué institución debe enfrentarlo.
9. Medir resultados, no discursos
La seguridad no puede evaluarse solamente con conferencias de prensa.
Hay que publicar periódicamente indicadores comprensibles:
- homicidios;
- robos;
- feminicidios;
- violencia intrafamiliar;
- delitos sexuales;
- recuperación de armas;
- órdenes de arresto ejecutadas;
- casos judicializados;
- tiempos de respuesta;
- zonas con mayor incidencia;
- reincidencia;
- percepción ciudadana.
El ciudadano tiene derecho a saber si el dinero público destinado a seguridad está produciendo resultados.
Y aquí las nuevas herramientas institucionales de medición, como el SISMAP Seguridad Ciudadana, pueden ser importantes si la información termina llegando realmente al ciudadano.
10. Una seguridad con rostro humano
El último elemento puede ser el más importante.
El ciudadano no debe convertirse en un número.
Detrás de cada homicidio existe una familia.
Detrás de cada robo existe una víctima.
Detrás de cada feminicidio existe una tragedia que pudo, en muchos casos, haber requerido una respuesta preventiva.
Y detrás de cada policía también existe una persona que arriesga su vida.
El modelo dominicano debe proteger a ambos:
al ciudadano y al policía.
Entonces, ¿qué podemos aprender de Bukele?
Mucho.
Pero también debemos saber qué no copiar.
Podemos estudiar su capacidad para concentrar recursos, utilizar tecnología, perseguir estructuras criminales y convertir la seguridad en una prioridad política.
Pero República Dominicana no tiene que importar automáticamente mecanismos excepcionales que puedan debilitar las garantías constitucionales.
El propio debate internacional sobre El Salvador demuestra que la eficacia contra el crimen y la protección de derechos deben analizarse simultáneamente.
El éxito de una política de seguridad no debería medirse únicamente por cuántos delincuentes están presos, sino también por cuántos ciudadanos pueden vivir seguros y libres.
¿Y qué podemos aprender de Giuliani?
También podemos aprender.
La experiencia de Nueva York demostró la importancia de utilizar información, concentrar esfuerzos sobre determinados puntos de criminalidad y mantener una estrategia consistente.
Pero República Dominicana no es Nueva York.
Por eso el aprendizaje debe ser:
adaptar, no copiar.
La República Dominicana puede estudiar Nueva York.
Puede estudiar El Salvador.
Puede estudiar Colombia.
Puede estudiar Chile.
Puede estudiar cualquier experiencia que haya producido resultados.
Pero después debe sentarse a construir una fórmula propia.
El verdadero modelo dominicano
Quizás el modelo que necesitamos no tenga un nombre extranjero.
Quizás deba llamarse sencillamente:
Modelo Dominicano de Seguridad Ciudadana
Un modelo basado en cinco principios:
Autoridad.
Inteligencia.
Prevención.
Justicia.
Respeto a los derechos ciudadanos.
Una Policía cercana al ciudadano.
Una Policía preparada para enfrentar al delincuente.
Un Ministerio Público con capacidad de investigación.
Tribunales que funcionen con eficiencia.
Cárceles que no sean universidades del crimen.
Comunidades integradas.
Tecnología.
Datos.
Prevención.
Y, sobre todo, continuidad.
Porque uno de los mayores enemigos de la seguridad dominicana podría no ser solamente la delincuencia.
También puede ser la improvisación.
Cada gobierno llega con un nombre diferente.
Cada administración anuncia una estrategia.
Cada ministro presenta una prioridad.
Pero la seguridad de un país no puede cambiar de rumbo cada cuatro años.
República Dominicana necesita una política de Estado en materia de seguridad ciudadana, construida con participación del Gobierno, oposición, Policía, Ministerio Público, Poder Judicial, municipios, universidades, especialistas y comunidades.
La seguridad no puede ser una bandera política
Este quizás sea el mayor desafío.
La seguridad debe dejar de utilizarse exclusivamente para ganar elecciones.
Un gobierno debería poder reconocer los avances de la administración anterior.
Una oposición debería poder apoyar una buena política de seguridad aunque haya sido creada por el gobierno de turno.
Y una administración debería tener la madurez de mantener una estrategia que funciona aunque no lleve su nombre.
Porque los delincuentes no cambian de comportamiento cuando cambia un gobierno.
La delincuencia tampoco respeta períodos constitucionales.
El Estado necesita continuidad.
La República Dominicana puede construir algo propio
El país ya ha demostrado que puede reducir sus niveles de homicidios. Los datos oficiales de los últimos años muestran una tendencia favorable.
Ahora viene el desafío más difícil:
convertir esa mejoría en una seguridad sostenible.
No basta con reducir una tasa.
Hay que construir instituciones capaces de mantenerla baja.
No basta con aumentar patrullajes.
Hay que crear inteligencia.
No basta con arrestar.
Hay que lograr condenas cuando corresponda.
No basta con llenar cárceles.
Hay que impedir que nuevos jóvenes entren al mundo criminal.
No basta con pedir mano dura.
Hay que construir autoridad legítima.
Y no basta con copiar a Bukele ni recordar a Giuliani.
República Dominicana tiene que encontrar su propio camino.
LA REFLEXIÓN DE LA PLUMA PERSPICAZ. COM
Quizás ha llegado el momento de abandonar una vieja costumbre: buscar afuera la solución para cada problema dominicano.
Podemos aprender del mundo.
Debemos aprender del mundo.
Pero aprender no significa copiar.
La seguridad de Nueva York nació de la realidad de Nueva York.
La estrategia salvadoreña nació de la realidad de El Salvador.
La seguridad dominicana tiene que nacer de la realidad dominicana.
El dominicano necesita vivir sin miedo, pero también necesita saber que el Estado respetará sus derechos.
Necesita una Policía que lo proteja.
Necesita jueces que impartan justicia.
Necesita fiscales que investiguen.
Necesita barrios donde los niños puedan jugar.
Necesita calles iluminadas.
Necesita oportunidades.
Necesita instituciones que funcionen.
Y necesita algo todavía más importante:
la certeza de que cuando el Estado promete protegerlo, realmente estará allí cuando lo necesite.
Ese debería ser el verdadero modelo dominicano de seguridad.
No un modelo importado.
No un modelo diseñado para una campaña.
No un modelo construido alrededor de un presidente.
En conclusión,
Un modelo construido alrededor del ciudadano.
Porque al final, la pregunta no debería ser si República Dominicana quiere ser como Nueva York o como El Salvador.
La pregunta correcta es mucho más sencilla y mucho más profunda:
¿Qué tipo de país queremos construir para que un dominicano pueda salir de su casa, regresar de noche y sentirse seguro de que el Estado está de su lado?
Esa respuesta —y no la copia de ningún modelo extranjero— debería definir el futuro de la seguridad ciudadana en República Dominicana.
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