CUANDO EL FUTURO SE APAGA: la juventud de los barrios vulnerables queda atrapada entre las drogas, la pobreza y la falta de oportunidades
Por: Genil Cuesta Féliz | laplumaperspicaz.
No toda la juventud está perdida, pero una parte de ella crece entre carencias, exclusión, violencia y oportunidades insuficientes; cuando el futuro parece demasiado lejano, el dinero fácil y la pertenencia a un grupo pueden convertirse en una peligrosa tentación
cuando el futuro deja de parecer una opción
Hay jóvenes dominicanos que cada mañana se levantan con una meta: estudiar, trabajar, aprender un oficio, practicar un deporte, emprender o construir una profesión.
Pero también existe otra realidad que resulta mucho más difícil de mirar.
En determinados sectores socialmente vulnerables, algunos adolescentes y jóvenes crecen observando cómo alrededor de ellos circulan dinero, drogas, violencia, armas, apuestas y actividades ilícitas mientras las oportunidades legales parecen escasas, lejanas o insuficientes.
El contraste puede resultar demoledor.
Un joven puede pasar horas buscando un empleo sin conseguirlo.
Puede abandonar los estudios porque necesita generar ingresos.
Puede vivir en un hogar donde faltan recursos.
Puede carecer de espacios deportivos, culturales o tecnológicos.
Puede convivir con conflictos familiares.
Puede sentirse excluido.
Y, mientras todo eso ocurre, puede observar a alguien de su entorno exhibiendo dinero y aparentando poder mediante actividades relacionadas con las drogas.
Entonces aparece una pregunta que la sociedad no puede seguir esquivando:
¿Qué estamos haciendo para que nuestros jóvenes encuentren más atractivo construir un futuro que arriesgarlo?
Este artículo no pretende criminalizar a los barrios populares ni estigmatizar a sus habitantes.
Todo lo contrario.
Pretende mirar de frente una realidad que afecta a una parte de la juventud y preguntarse si estamos atacando únicamente las consecuencias mientras dejamos intactas algunas de las condiciones que alimentan el problema.
¿Qué está ocurriendo?
En determinados barrios vulnerables, algunos jóvenes pueden quedar expuestos desde edades tempranas a ambientes donde las drogas y el microtráfico forman parte del paisaje cotidiano.
No necesariamente comienzan consumiendo.
En ocasiones, el primer contacto puede producirse por la presión del grupo, la curiosidad, la búsqueda de aceptación, el deseo de experimentar, el intento de escapar de problemas emocionales o simplemente la proximidad de sustancias dentro de su entorno.
En otros casos, el atractivo no está inicialmente en consumir.
Está en el dinero.
El joven observa que una actividad ilegal puede producir ingresos mucho más rápidos que un empleo formal con salario mínimo o que un trabajo informal agotador.
Y aparece una peligrosa ecuación:
esfuerzo lento + pocas oportunidades = frustración
frente a:
dinero rápido + reconocimiento del grupo = aparente éxito.
El problema es que ese segundo camino tiene un precio que muchas veces aparece después: dependencia, deterioro de la salud, violencia, conflictos familiares, problemas legales, abandono escolar, endeudamiento, pérdida de oportunidades y, en los casos más extremos, muerte.
Pero hay que desmontar un prejuicio
Hablar de este problema no significa decir que “los jóvenes de los barrios marginados son delincuentes”.
Sería una injusticia.
El propio Consejo Nacional de Drogas ha advertido que la mayoría de los jóvenes dominicanos son sanos y que los casos vinculados al consumo o microtráfico representan una minoría.
Esto es fundamental.
Porque cuando una sociedad etiqueta a todo un barrio como problemático, termina castigando también a quienes están estudiando, trabajando, emprendiendo, practicando deportes, cuidando a sus familias y tratando de salir adelante.
El problema no es el barrio.
El problema son las condiciones de vulnerabilidad que pueden permitir que determinados jóvenes sean captados por redes de consumo, microtráfico y violencia.
Antecedentes y contexto: el problema no nació ayer
Las drogas no aparecen aisladas de la realidad social.
Detrás del consumo problemático pueden coexistir múltiples factores:
- pobreza;
- desigualdad;
- deserción escolar;
- desempleo;
- falta de capacitación;
- hogares fragmentados;
- violencia intrafamiliar;
- presión de grupo;
- problemas de salud mental;
- ausencia de oportunidades deportivas;
- falta de espacios culturales;
- falta de acompañamiento familiar;
- exposición temprana a las drogas;
- normalización de determinados comportamientos;
- presencia territorial del microtráfico;
- frustración ante la falta de movilidad social.
Ninguno de estos factores explica por sí solo que una persona consuma drogas.
Pero todos pueden formar parte del contexto que aumenta la vulnerabilidad.
Por eso, combatir las drogas únicamente desde la persecución policial resulta insuficiente.
Hay que perseguir al narcotráfico.
Pero también hay que quitarle al narcotráfico la capacidad de ofrecerle a un joven lo que la sociedad no le está ofreciendo.
Datos y evidencias: el problema requiere medición, no solamente opiniones
La República Dominicana cuenta con fuentes oficiales que permiten estudiar diferentes dimensiones relacionadas con juventud, educación, empleo y condiciones sociales.
La Oficina Nacional de Estadística mantiene indicadores sobre jóvenes que ni estudian ni trabajan, desempleo juvenil, capacitación laboral e informalidad.
También publicó en 2026 una infografía específica sobre la población joven de 15 a 35 años y la distribución territorial de este segmento poblacional.
Mientras tanto, la propia ONE publicó en 2026 los resultados básicos de ENHOGAR-MICS 2025, una investigación que recoge información sobre educación, salud, protección social, condiciones de los hogares y desarrollo y protección de niños y adolescentes.
Estos instrumentos son importantes porque permiten comprender una cuestión esencial:
no podemos diseñar una política seria contra las drogas si no conocemos exactamente dónde están los factores de riesgo y cuáles son las poblaciones más vulnerables.
También necesitamos mejores datos sobre:
- edad de inicio del consumo;
- sustancias más utilizadas;
- diferencias entre hombres y mujeres;
- abandono escolar asociado al consumo;
- relación entre desempleo y consumo;
- salud mental;
- violencia comunitaria;
- acceso a tratamiento;
- reincidencia;
- jóvenes captados por redes de microtráfico;
- barrios con mayor exposición;
- disponibilidad de actividades deportivas y culturales.
Sin datos, las políticas corren el riesgo de convertirse en discursos.
¿Drogas en lugar de alcohol?
Aquí debemos tener cuidado.
No sería responsable afirmar, sin estadísticas comparables y actualizadas, que los jóvenes de los barrios vulnerables están sustituyendo masivamente el alcohol por drogas.
La realidad puede variar considerablemente según edad, sexo, barrio, tipo de sustancia, disponibilidad, grupo social y circunstancias familiares.
Lo que sí merece investigación es qué sustancias están siendo utilizadas por determinados grupos juveniles, a qué edades comienza la exposición y qué factores explican ese comportamiento.
La discusión no debería convertirse en una competencia entre alcohol y drogas.
Ambos pueden generar problemas de salud y sociales, pero las sustancias ilícitas añaden además riesgos relacionados con mercados criminales, violencia y consecuencias legales.
El verdadero objetivo debe ser prevenir el consumo problemático de sustancias en general.
¿Por qué algunos jóvenes pueden sentirse atraídos?
1. El dinero rápido
Un joven que carece de ingresos puede mirar con fascinación cualquier actividad que prometa dinero inmediato.
El problema es que el narcotráfico vende una ilusión.
Muestra el dinero.
No muestra siempre el precio.
2. La pertenencia
Durante la adolescencia y juventud, pertenecer a un grupo puede tener una enorme importancia.
Si el grupo consume, el joven puede sentir presión para consumir.
Si el grupo glorifica al microtraficante, puede comenzar a verlo como una figura de éxito.
3. La falta de oportunidades
Cuando estudiar no parece conducir rápidamente a un empleo y trabajar legalmente no permite satisfacer necesidades básicas, puede aparecer frustración.
4. El abandono escolar
Salir del sistema educativo puede aumentar el tiempo de exposición a ambientes de riesgo y reducir las posibilidades de acceso a empleos de calidad.
5. La ausencia de espacios seguros
Un barrio necesita mucho más que calles y viviendas.
Necesita canchas.
Bibliotecas.
Centros culturales.
Talleres.
Salas digitales.
Espacios para música.
Programas de formación.
Lugares donde un joven pueda pasar su tiempo haciendo algo que construya su futuro.
6. El deterioro de la esperanza
Este puede ser uno de los factores más peligrosos.
Cuando una persona deja de creer que su esfuerzo tendrá resultados, puede comenzar a buscar resultados inmediatos.
Y el crimen organizado conoce perfectamente esa vulnerabilidad.
El problema de la salud mental
Aquí existe otra dimensión que no puede ignorarse.
El Consejo Nacional de Drogas ha planteado que el trastorno por uso de sustancias es un problema complejo de salud mental y ha señalado la importancia de intervenir tempranamente frente a factores como traumas, estrés, vacíos emocionales y falta de esperanza.
Esto cambia completamente la manera de mirar el problema.
No basta con decir:
“Ese muchacho está en drogas porque quiere.”
La voluntad individual importa, pero una adicción puede convertirse en un trastorno que requiere atención profesional.
Por eso una política pública moderna debe combinar:
prevención + educación + salud mental + tratamiento + familia + oportunidades + seguridad.
La familia: primera línea de prevención
La familia no puede cargar sola con el problema.
Pero tampoco puede quedar fuera.
Los padres, madres, abuelos, tutores y demás familiares necesitan herramientas para reconocer señales de alerta.
No basta con preguntar:
“¿Dónde estabas?”
También hay que preguntar:
“¿Cómo te sientes?”
“¿Qué problemas estás enfrentando?”
“¿Hay alguien presionándote?”
“¿Qué quieres hacer con tu vida?”
“¿Cómo puedo ayudarte?”
La comunicación puede convertirse en una barrera protectora.
Pero también debemos reconocer que existen familias que enfrentan pobreza, jornadas laborales extensas, violencia, separación y múltiples dificultades.
Por eso el Estado y la comunidad deben ayudar a fortalecerlas.
La escuela: mucho más que un lugar para estudiar
La escuela puede convertirse en uno de los principales espacios de prevención.
No únicamente mediante charlas ocasionales.
La prevención debería ser permanente.
Un estudiante necesita aprender:
- cómo funciona la adicción;
- cómo enfrentar la presión de grupo;
- cómo manejar conflictos;
- cómo reconocer manipulación;
- cómo cuidar su salud mental;
- cómo construir un proyecto de vida;
- cómo administrar dinero;
- cómo buscar empleo;
- cómo utilizar responsablemente las redes sociales;
- cómo pedir ayuda.
En 2025, el CND y el IDEICE acordaron impulsar investigaciones educativas y programas de prevención, talleres, capacitación y campañas de concienciación en escuelas públicas.
En 2026, además, el CND informó la certificación de 512 estudiantes de secundaria como promotores de prevención en 13 centros educativos.
Son iniciativas importantes.
Pero deben evaluarse por resultados, no solamente por cantidad de actividades realizadas.
¿Qué están haciendo las autoridades?
El Estado dominicano ha desarrollado diferentes iniciativas de prevención.
En 2025, el CND informó que realizó 1,327 jornadas preventivas en 85 municipios de 29 provincias, alcanzando directamente a 67,417 personas.
También se han impulsado acciones específicas en comunidades vulnerables.
En junio de 2025, el CND y la Dirección General de Desarrollo de la Comunidad firmaron un acuerdo para fortalecer programas de prevención, educación y desarrollo comunitario, con énfasis en zonas urbanas marginadas y áreas rurales.
La DNCD y el CND también desarrollaron la denominada “Ruta de la Prevención”, dirigida a niños, adolescentes y jóvenes, con actividades educativas y de sensibilización.
Además, las autoridades han reconocido la necesidad de fortalecer la respuesta frente a nuevas sustancias psicoactivas y de incorporar a las comunidades en la prevención.
Todo esto demuestra que existen esfuerzos institucionales.
Pero la magnitud del problema exige preguntarse si esos esfuerzos tienen suficiente permanencia, cobertura, evaluación y capacidad para transformar las condiciones de vida en los territorios más vulnerables.
Lo que falta por hacer
Aquí comienza la parte más importante.
1. Crear un mapa nacional de factores de riesgo juvenil
No solamente un mapa de delitos.
Un mapa que identifique:
- pobreza;
- abandono escolar;
- desempleo juvenil;
- consumo;
- violencia;
- embarazo adolescente;
- ausencia de espacios deportivos;
- falta de centros culturales;
- problemas de salud mental;
- presencia de microtráfico.
Así podrían concentrarse los recursos donde más se necesitan.
2. Crear centros juveniles comunitarios
Cada barrio vulnerable debería aspirar a tener un espacio donde los jóvenes puedan:
estudiar, practicar deportes, aprender tecnología, música, idiomas, oficios y emprendimiento.
3. Convertir el deporte en política pública permanente
No basta inaugurar una cancha.
Hay que mantenerla.
Organizar torneos.
Formar entrenadores.
Crear ligas.
Detectar talentos.
Y ofrecer continuidad.
4. Crear rutas de primer empleo
Un joven que consigue su primer empleo formal puede comenzar a construir independencia y autoestima.
Las empresas deben ser parte de la solución.
5. Formación técnica gratuita o subsidiada
No todos los jóvenes irán a la universidad.
Pero todos necesitan una oportunidad de aprender una habilidad productiva.
6. Atención psicológica accesible
La prevención debe comenzar antes de que aparezca la adicción.
7. Programas específicos para familias
No solamente para los jóvenes.
Una familia fortalecida puede convertirse en una barrera contra el consumo y la violencia.
8. Intervención temprana
No esperar a que un joven se convierta en adicto para intervenir.
9. Perseguir las redes criminales
La prevención social no sustituye la seguridad.
Las organizaciones que reclutan menores y jóvenes para actividades criminales deben ser perseguidas con toda la fuerza de la ley.
10. Medir resultados
Cada programa debería responder:
¿Cuántos jóvenes participaron?
Pero también:
¿Cuántos terminaron sus estudios?
¿Cuántos consiguieron empleo?
¿Cuántos dejaron el consumo?
¿Cuántos ingresaron a formación técnica?
¿Cuántos permanecieron fuera de actividades delictivas?
Eso es medir impacto.
El barrio también puede ser parte de la solución
Hay una tendencia a hablar de los barrios vulnerables como si fueran únicamente lugares donde existen problemas.
Eso es injusto.
En los barrios también están:
los buenos estudiantes,
los deportistas,
los profesores,
los líderes comunitarios,
las iglesias,
las juntas de vecinos,
los comerciantes,
los profesionales,
los artistas,
los emprendedores,
los padres que luchan diariamente por sus hijos.
El barrio no es solamente el escenario del problema.
También puede ser parte de la solución.
Los líderes comunitarios pueden identificar jóvenes en riesgo.
Los clubes deportivos pueden crear alternativas.
Las organizaciones religiosas pueden acompañar familias.
Las juntas de vecinos pueden promover programas.
Las empresas pueden ofrecer oportunidades.
Las escuelas pueden detectar señales tempranas.
Y las instituciones públicas deben coordinar todo ese esfuerzo.
Hay que cambiar el lenguaje
Decirle a un joven:
“Tú eres un delincuente.”
puede cerrar una puerta.
Decirle:
“Todavía puedes construir otra vida.”
puede abrirla.
La prevención no significa justificar el delito.
Significa impedir que el joven llegue hasta él.
La sociedad debe ser firme frente al crimen, pero inteligente frente a sus causas.
Las preguntas que debe hacerse el ciudadano
¿Por qué un joven debería elegir estudiar durante años si observa que el dinero ilegal parece llegar mucho más rápido?
¿Tiene nuestro barrio suficientes espacios para que sus jóvenes desarrollen sus talentos?
¿Dónde puede acudir un adolescente que tiene problemas emocionales?
¿Existe alguien que lo escuche antes de que sea captado por un grupo?
¿Estamos detectando a tiempo a los jóvenes que abandonan la escuela?
¿Estamos creando suficientes oportunidades para el primer empleo?
¿Las campañas de prevención llegan realmente a los barrios más vulnerables?
¿Estamos midiendo los resultados?
¿Estamos acompañando a las familias?
¿Estamos tratando las adicciones como un problema de salud además de un problema social y de seguridad?
Y quizás la pregunta más incómoda:
¿Qué está encontrando un joven en las drogas que no está encontrando en su escuela, su comunidad, su familia o su país?
Conclusión: no podemos pedirle esperanza a quien nunca ha visto oportunidades
La lucha contra las drogas no se gana únicamente decomisando sustancias.
Tampoco se gana solamente arrestando vendedores.
La seguridad es indispensable.
La persecución del narcotráfico es indispensable.
Pero ninguna de las dos será suficiente si no construimos simultáneamente una sociedad donde el joven pueda visualizar un futuro posible.
Un adolescente necesita razones para decir no.
Necesita una familia que lo escuche.
Una escuela que lo acompañe.
Un barrio que le ofrezca espacios.
Un entrenador que lo motive.
Un maestro que crea en él.
Un psicólogo cuando lo necesite.
Una oportunidad para aprender.
Un primer empleo.
Una posibilidad de emprender.
Y, sobre todo, la sensación de que su esfuerzo puede llevarlo a alguna parte.
Porque cuando el futuro parece cerrado, cualquier puerta puede parecer atractiva.
Incluso una puerta que conduce al abismo.
La República Dominicana tiene el desafío de construir una política juvenil que no espere a que el joven caiga para intentar rescatarlo.
Hay que llegar antes.
Antes del consumo.
Antes del abandono escolar.
Antes de la violencia.
Antes del microtráfico.
Antes de que la desesperanza se convierta en una forma de vida.
Reflexión editorial de La Pluma Perspicaz
No debemos mirar al joven de un barrio vulnerable solamente como un problema que resolver.
Debemos mirarlo como un talento que todavía no hemos descubierto.
Detrás de muchos rostros jóvenes hay un futuro profesional, un deportista, un técnico, un empresario, un artista, un científico, un maestro, un ingeniero, un médico, un líder comunitario o simplemente un ciudadano honesto que quiere tener una vida digna.
El narcotráfico ofrece una falsa promesa: dinero rápido, poder aparente y reconocimiento inmediato.
La sociedad debe ofrecer algo mucho más poderoso:
educación, oportunidades, dignidad, acompañamiento y esperanza.
No se trata de regalarle el futuro a nadie.
Se trata de permitirle construirlo.
Porque un joven que tiene una oportunidad real de progresar tiene mucho más que perder antes de entrar al mundo de las drogas.
Y ahí puede estar una de las claves de la prevención:
no solamente decirle al joven lo que debe evitar, sino mostrarle todo lo que puede llegar a ser.
La Pluma Perspicaz
Información que educa,

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