¿QUÉ ESTÁ PASANDO CON LOS JÓVENES QUE PASAN HORAS PEGADOS A UNA PANTALLA?

 

 Por: Genil Cuesta Féliz | La Pluma Perspicaz.          

Conozca cómo las pantallas pueden afectar sueño, atención, actividad física, relaciones y bienestar emocional.       

 HAY UNA PREGUNTA QUE MUCHOS PADRES SE ESTÁN HACIENDO

El joven está en la casa, pero parece estar en otro lugar.

Está sentado en la mesa, pero mira el teléfono.

Está acostado, pero sigue conectado.

La madre le habla y responde sin levantar la mirada.

El padre le pide que deje el celular y recibe un "ahora voy".

Termina el "ahora" y comienza otro video.

Después llega una notificación.

Luego un mensaje.

Después una publicación.

Más tarde un juego.

Y cuando finalmente deja el teléfono, ya es pasada la medianoche.

Al día siguiente aparece el cansancio.

Falta de concentración.

Mal humor.

Sueño durante las clases.

Poca actividad física.

Menos conversación familiar.

Y nuevamente el teléfono se convierte en el refugio.

Entonces surge una pregunta que merece una respuesta seria:

¿Qué le está haciendo el uso excesivo de las pantallas a nuestros jóvenes?

La respuesta no es tan sencilla como decir que "el celular es malo".

El teléfono puede ser una herramienta extraordinaria para estudiar, comunicarse, trabajar, crear, investigar y acceder al conocimiento.

El problema aparece cuando deja de ser una herramienta que utilizamos y comienza a convertirse en una actividad que controla una parte excesiva de nuestra vida.

Y esa diferencia es fundamental.

1. REPÚBLICA DOMINICANA YA ES UNA SOCIEDAD CONECTADA

Para entender la dimensión del problema hay que comenzar por una realidad: el celular ya forma parte de la vida cotidiana dominicana.

Los datos de la Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (ENHOGAR-2024) publicados por la Oficina Nacional de Estadística muestran que el 94.7 % de los hogares dominicanos dispone de al menos un teléfono celular.

Además, el 78.6 % de la población de 5 años o más posee un celular propio y el 91.8 % había utilizado un celular durante los tres meses anteriores a la encuesta.

Esto significa que discutir sobre el teléfono no es discutir sobre una tecnología distante.

Estamos hablando de un elemento instalado en prácticamente todos los ámbitos de la vida dominicana.

El celular acompaña al estudiante.

Acompaña al trabajador.

Acompaña al padre.

Acompaña a la madre.

Acompaña al niño.

Y acompaña al adolescente prácticamente durante todo el día.

Por eso la pregunta ya no debería ser:

"¿Debemos permitir que los jóvenes utilicen teléfonos?"

La pregunta más útil es:

"¿Cómo debemos enseñarles a utilizarlos sin permitir que el teléfono termine organizando sus vidas?"

2. EL PROBLEMA NO ES SOLAMENTE CUÁNTAS HORAS PASA UNA PERSONA FRENTE A UNA PANTALLA

Cuando hablamos de uso excesivo de pantallas solemos cometer un error: mirar solamente el reloj.

Dos jóvenes pueden pasar cuatro horas utilizando un teléfono y estar haciendo cosas completamente diferentes.

Uno puede estar realizando una tarea escolar, leyendo un documento, aprendiendo programación o estudiando un idioma.

El otro puede pasar esas mismas cuatro horas desplazándose compulsivamente entre videos, discusiones, juegos y redes sociales.

Por eso el tiempo importa, pero no lo explica todo.

También debemos preguntar:

  • ¿Qué contenido está consumiendo?
  • ¿A qué hora utiliza el teléfono?
  • ¿Está durmiendo lo suficiente?
  • ¿Hace actividad física?
  • ¿Convive con su familia?
  • ¿Mantiene relaciones sociales fuera de internet?
  • ¿Puede dejar el teléfono voluntariamente?
  • ¿Lo utiliza para aprender o principalmente para escapar del aburrimiento?
  • ¿El teléfono está interfiriendo con sus responsabilidades?
  • ¿Se pone irritable cuando se le pide que lo deje?

La Organización Mundial de la Salud ha advertido que la relación entre tecnología y bienestar juvenil es compleja: existen efectos positivos y negativos, y la relación puede ser bidireccional. Es decir, un mayor uso puede relacionarse con problemas de bienestar, pero determinadas dificultades emocionales también pueden llevar a una persona a utilizar más las pantallas.

Por eso no debemos caer en explicaciones demasiado fáciles.

3. EL PRIMER GRAN AFECTADO PUEDE SER EL SUEÑO

Aquí encontramos uno de los problemas más importantes.

El adolescente necesita dormir.

No solamente para descansar.

El sueño participa en procesos relacionados con el aprendizaje, la memoria, el estado de ánimo, el comportamiento y la salud física.

El problema aparece cuando el teléfono invade las horas destinadas al descanso.

Un joven puede acostarse a las 10:00 de la noche y pensar:

"Voy a mirar el teléfono solamente diez minutos."

Pero esos diez minutos pueden convertirse en una hora.

Y una hora menos de sueño no desaparece simplemente porque el joven se levante al día siguiente.

Se acumula.

La exposición nocturna a pantallas puede además mantener al joven conectado a contenidos, conversaciones y estímulos justo cuando debería estar reduciendo su actividad para prepararse para dormir.

El informe del Cirujano General de Estados Unidos señala que la alteración del sueño es una preocupación particularmente importante relacionada con el uso de pantallas durante la infancia y adolescencia, porque el sueño es fundamental para el aprendizaje, el estado de ánimo, el comportamiento y el desarrollo.

Por eso una regla sencilla puede tener enorme importancia:

el dormitorio debe ser un lugar para dormir, no una extensión permanente de las redes sociales.

4. UN JOVEN CANSADO NO ES NECESARIAMENTE UN JOVEN "VAGO"

Este punto merece atención.

A veces un padre observa que su hijo:

  • no quiere levantarse;
  • está distraído;
  • tiene sueño;
  • no quiere estudiar;
  • se irrita fácilmente;
  • parece no tener energía.

Y concluye:

"Ese muchacho no quiere hacer nada."

Pero antes de etiquetarlo conviene preguntar:

¿Cuántas horas está durmiendo?

Y después:

¿Qué está haciendo con el teléfono durante la noche?

Un estudio publicado por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) en 2025 encontró asociaciones entre cuatro o más horas diarias de pantalla fuera de actividades escolares y diversos indicadores desfavorables entre adolescentes, incluyendo menor frecuencia de actividad física, rutinas de sueño irregulares, menor sensación de descanso, síntomas de ansiedad y depresión y menor percepción de apoyo social.

Pero hay que hacer una precisión importante:

el estudio encontró asociaciones, no demuestra que el teléfono sea la causa única de esos problemas.

Esa diferencia es esencial para hablar de ciencia con responsabilidad.

5. ¿QUÉ PASA CON LA CONCENTRACIÓN?

El cerebro humano necesita períodos de atención sostenida.

Pero las redes sociales y algunas aplicaciones están diseñadas para ofrecer estímulos constantemente:

Una notificación.

Un video.

Una imagen.

Un comentario.

Un mensaje.

Otro video.

Otra recomendación.

Otro contenido.

El joven puede acostumbrarse a cambiar rápidamente de estímulo.

Y entonces una actividad que exige concentración prolongada —leer diez páginas, resolver un problema matemático, estudiar historia o escribir un ensayo— puede parecerle mucho más difícil.

Esto no significa que el teléfono "destruya" automáticamente la capacidad de concentración.

La evidencia es más compleja.

Pero sí plantea una pregunta educativa importante:

¿Estamos enseñando a nuestros jóvenes solamente a consumir información rápidamente o también les estamos enseñando a concentrarse profundamente?

Una sociedad que necesita estudiantes capaces de leer, analizar, comparar, escribir y resolver problemas no puede ignorar esa pregunta.

6. EL CEREBRO ADOLESCENTE TODAVÍA ESTÁ EN DESARROLLO

La adolescencia es una etapa de grandes cambios.

El joven está desarrollando su identidad, aprendiendo a manejar emociones, buscando independencia y dando cada vez más importancia a la aceptación de sus iguales.

Las redes sociales pueden intensificar esa búsqueda.

Un "me gusta" puede producir satisfacción.

Una publicación ignorada puede generar frustración.

Un comentario negativo puede afectar el estado de ánimo.

Una comparación constante con otros jóvenes puede generar la sensación de que todos los demás tienen una vida mejor.

Pero las redes muestran solamente una parte de la realidad.

La persona publica la fotografía en la que salió bien.

No publica necesariamente la discusión familiar.

Publica el viaje.

No necesariamente la deuda.

Publica la sonrisa.

No necesariamente el momento de tristeza.

El joven puede terminar comparando su vida completa con los mejores momentos editados de los demás.

7. ¿LAS REDES SOCIALES CAUSAN DEPRESIÓN?

Esta pregunta requiere mucha responsabilidad.

No existe una respuesta científica seria que permita decir:

"Las redes sociales causan depresión en todos los adolescentes."

La realidad es más compleja.

La evidencia disponible muestra asociaciones entre determinadas formas de uso digital y problemas de bienestar, pero también existen experiencias positivas y diferencias importantes entre personas.

La Organización Mundial de la Salud ha señalado precisamente que la relación entre tecnología y salud mental juvenil es bidireccional y que los efectos pueden variar según la persona, el contexto y la forma en que utiliza la tecnología.

Por eso debemos evitar dos extremos:

Extremo 1: "Las redes sociales no hacen ningún daño."

Extremo 2: "Las redes sociales están destruyendo a todos los jóvenes."

Ninguno de los dos refleja adecuadamente la complejidad de la evidencia.

La pregunta correcta es:

¿Qué está haciendo este joven en internet y cómo está afectando su vida fuera de internet?

8. EL PROBLEMA APARECE CUANDO EL MUNDO DIGITAL COMIENZA A REEMPLAZAR AL MUNDO REAL

Una señal de alerta no es simplemente que un joven use mucho el teléfono.

Es que empiece a abandonar actividades importantes para seguir conectado.

Por ejemplo:

  • deja de practicar deporte;
  • abandona actividades que antes disfrutaba;
  • duerme menos;
  • deja de conversar con la familia;
  • descuida sus estudios;
  • pierde interés por actividades presenciales;
  • utiliza el teléfono incluso mientras come;
  • se irrita cuando se le pone un límite;
  • continúa utilizándolo aunque reconoce que le está causando problemas.

Entonces debemos dejar de hablar solamente de "muchas horas".

Debemos hablar de interferencia con la vida cotidiana.

9. SEIS DE CADA DIEZ ADOLESCENTES DOMINICANOS REPORTAN INSEGURIDAD EN LÍNEA

El problema tampoco es solamente cuánto tiempo pasan conectados.

Es qué puede ocurrir mientras están conectados.

UNICEF informó en mayo de 2026 que solamente el 37 % de los adolescentes consultados en República Dominicana afirmó sentirse seguro en los espacios digitales que utiliza. La percepción de seguridad fue todavía menor entre las adolescentes, con 25 %.

Esto coloca sobre la mesa otros riesgos:

  • acoso digital;
  • engaños;
  • manipulación;
  • contacto con desconocidos;
  • exposición a contenido inapropiado;
  • amenazas;
  • violencia digital;
  • abuso sexual en línea;
  • divulgación de imágenes privadas;
  • robo de cuentas;
  • suplantación de identidad.

Por eso, educar sobre el teléfono no significa únicamente decir:

"Deja ese aparato."

También significa enseñar:

"Aprende a protegerte dentro de ese aparato."

10. EL PADRE QUE LE DICE "DEJA EL CELULAR" PUEDE ESTAR LLEGANDO TARDE

Una familia no puede construir hábitos digitales solamente mediante prohibiciones.

Si un niño recibe un teléfono y nadie le explica cómo utilizarlo responsablemente, el algoritmo terminará enseñándole.

Y el algoritmo no es un padre.

No conoce necesariamente los valores de esa familia.

No conoce sus límites.

No sabe qué contenido consideran apropiado.

Su función es mantener la atención del usuario.

Por eso la educación digital debe comenzar antes de que aparezcan los problemas.

11. LOS PADRES TAMBIÉN TIENEN QUE MIRARSE AL ESPEJO

Existe una contradicción que muchas familias prefieren no reconocer.

Un padre puede decirle a su hijo:

"Deja ese teléfono."

Mientras él está mirando el suyo.

Una madre puede exigir una cena sin celulares y contestar mensajes durante toda la comida.

Los niños observan.

Los adolescentes observan.

La conducta de los adultos también educa.

El propio informe del Cirujano General estadounidense recomienda que los adultos modelen hábitos saludables de uso de pantallas y establezcan expectativas familiares coherentes.

La pregunta no debe ser solamente:

"¿Cuánto usa el teléfono mi hijo?"

También:

"¿Cuánto uso yo el mío?"

12. UNA CASA CON CINCO PERSONAS PUEDE CONVERTIRSE EN CINCO MUNDOS

Esta es quizás una de las imágenes más preocupantes de la era digital.

Cinco personas sentadas alrededor de una mesa.

Cinco teléfonos.

Cinco conversaciones diferentes.

Cinco mundos digitales.

Y ninguna conversación entre ellas.

La tecnología nos permite comunicarnos con alguien que está a miles de kilómetros.

Pero puede ocurrir una paradoja:

mientras aumenta nuestra capacidad de comunicación digital, disminuye el tiempo dedicado a conversar cara a cara con quienes tenemos al lado.

No siempre ocurre.

Pero cuando ocurre, merece atención.

13. ¿QUÉ LE PASA AL JOVEN QUE SE ABURRE?

Esta pregunta parece pequeña, pero es fundamental.

Antes de los teléfonos, un joven podía aburrirse.

Y del aburrimiento podían surgir:

  • imaginación;
  • conversación;
  • juegos;
  • lectura;
  • exploración;
  • creatividad;
  • actividad física.

Hoy, en cambio, existe una máquina disponible inmediatamente para eliminar el aburrimiento.

Aburrimiento.

Teléfono.

Contenido.

Aburrimiento.

Teléfono.

Contenido.

El joven puede terminar aprendiendo que cada segundo de vacío debe ser llenado con estímulos.

Y la vida real no funciona así.

Hay que esperar.

Hay que estudiar.

Hay que practicar.

Hay que escuchar.

Hay que leer.

Hay que trabajar.

Hay que tener paciencia.

Hay que tolerar el aburrimiento.

Esa capacidad también forma parte del desarrollo.

14. NO TODOS LOS USOS DEL TELÉFONO SON IGUALES

Este punto debería estar en cualquier conversación seria sobre tecnología.

No es lo mismo:

una hora leyendo un libro digital

que

una hora viendo videos cortos sin parar.

No es lo mismo:

una videollamada con un familiar

que

una hora comparándose con desconocidos en redes sociales.

No es lo mismo:

hacer una investigación escolar

que

desplazarse compulsivamente por contenido.

No es lo mismo:

crear contenido

que

consumirlo pasivamente durante horas.

Por eso el objetivo no debe ser simplemente reducir el reloj.

También debemos mejorar la calidad del tiempo digital.

15. CINCO PREGUNTAS QUE LOS PADRES DEBERÍAN HACERSE

Antes de discutir con un adolescente por el celular, una familia puede hacerse estas cinco preguntas:

1. ¿Está durmiendo suficientemente?

2. ¿Está cumpliendo con sus responsabilidades?

3. ¿Mantiene actividad física?

4. ¿Sigue relacionándose con familiares y amigos fuera de la pantalla?

5. ¿Puede dejar el teléfono sin que aparezca una reacción desproporcionada?

Si las respuestas son positivas, quizá el problema no sea simplemente la existencia del teléfono.

Si varias respuestas son negativas, entonces vale la pena revisar seriamente los hábitos digitales.

16. SI EL JOVEN NO PUEDE DEJARLO, HAY QUE HACER OTRA PREGUNTA

Una señal importante es la pérdida de control.

No significa que todo joven que protesta cuando le quitan el celular tenga una adicción.

Eso sería exagerado.

Pero si una persona intenta reducir su uso repetidamente y no puede hacerlo; si abandona actividades importantes; si el teléfono interfiere con el sueño, los estudios o las relaciones; o si continúa utilizándolo pese a consecuencias evidentes, conviene prestar atención.

Y cuando existen problemas importantes de conducta, sueño o salud mental, la familia puede buscar orientación profesional.

17. ¿QUÉ PODEMOS HACER EN CASA?

No hace falta comenzar confiscando todos los teléfonos.

Una estrategia más útil puede ser establecer hábitos familiares concretos.

REGLA 1: SIN TELÉFONOS DURANTE LAS COMIDAS

La comida puede convertirse nuevamente en un espacio de conversación.

REGLA 2: EL TELÉFONO NO TIENE QUE DORMIR EN LA CAMA

Si el aparato permanece junto a la almohada, la tentación de revisarlo durante la noche aumenta.

REGLA 3: ESTABLECER HORARIOS

No todo momento tiene que ser tiempo de pantalla.

REGLA 4: CREAR ESPACIOS SIN TECNOLOGÍA

Una caminata.

Una conversación.

Un deporte.

Una actividad familiar.

Un libro.

Una visita.

REGLA 5: LOS ADULTOS DEBEN CUMPLIR LAS MISMAS REGLAS

No podemos exigir lo que nosotros mismos no practicamos.

REGLA 6: HABLAR SOBRE INTERNET

No solamente controlar.

Preguntar:

¿Qué viste hoy?

¿Con quién hablaste?

¿Algo te hizo sentir incómodo?

¿Alguien te pidió una fotografía?

¿Alguien te amenazó?

La conversación puede detectar problemas antes de que se conviertan en crisis.

18. ¿Y SI EL JOVEN SE ENFADA?

Es posible.

Cuando una persona se acostumbra a una determinada rutina, modificarla genera resistencia.

Por eso los cambios deben ser claros y consistentes.

No funciona mucho decir:

"Hoy puedes usarlo todo el día y mañana no puedes tocarlo."

Es mejor establecer reglas conocidas:

"Después de determinada hora, los teléfonos se cargan fuera de los dormitorios."

Y mantener el acuerdo.

La consistencia suele ser más educativa que el castigo improvisado.

19. ¿DEBEMOS PROHIBIR LAS REDES SOCIALES?

No existe una respuesta universal.

Cada familia tiene circunstancias diferentes.

Además, las redes sociales también pueden proporcionar:

  • comunicación;
  • comunidades de apoyo;
  • acceso a información;
  • creatividad;
  • oportunidades educativas;
  • expresión personal;
  • participación social.

El objetivo no debería ser crear jóvenes incapaces de vivir en el mundo digital.

El objetivo debería ser formar jóvenes capaces de vivir en el mundo digital sin quedar atrapados en él.

20. LA EDUCACIÓN DIGITAL YA NO ES OPCIONAL

Hace algunos años enseñar a un niño a leer y escribir era suficiente para desenvolverse en muchos contextos.

Hoy necesitamos algo más.

Necesitamos enseñar:

alfabetización digital.

Eso incluye saber:

  • distinguir información verdadera de información falsa;
  • proteger contraseñas;
  • reconocer estafas;
  • cuidar la privacidad;
  • identificar manipulación;
  • denunciar acoso;
  • proteger fotografías;
  • reconocer contactos peligrosos;
  • comprender que lo publicado puede permanecer en internet;
  • utilizar la inteligencia artificial responsablemente;
  • administrar el tiempo de pantalla.

El celular puede ser una biblioteca.

Puede ser una escuela.

Puede ser una herramienta profesional.

Pero también puede convertirse en una puerta hacia riesgos que un menor todavía no sabe reconocer.

21. LA PREGUNTA NO ES "¿CELULAR SÍ O CELULAR NO?"

Esa pregunta ya quedó atrás.

La tecnología forma parte de nuestra sociedad.

La verdadera pregunta es:

¿Qué tipo de relación queremos que nuestros hijos tengan con ella?

Una relación saludable debería permitir que el joven pueda:

usar el teléfono sin necesitarlo constantemente;

estar conectado sin abandonar su vida real;

utilizar redes sociales sin convertirlas en medida de su valor personal;

jugar sin abandonar sus responsabilidades;

comunicarse digitalmente sin perder la capacidad de conversar cara a cara;

aprender con tecnología sin dejar de pensar por sí mismo.

22. LA FAMILIA TIENE QUE RECUPERAR ALGO QUE EL TELÉFONO NO PUEDE SUSTITUIR

Hay cosas que ninguna pantalla puede entregar completamente:

Una conversación frente a frente.

Un abrazo.

Una caminata.

Una comida familiar.

El contacto humano.

La presencia de un padre.

La orientación de una madre.

El consejo de un abuelo.

El juego de un niño.

La experiencia de practicar un deporte.

La satisfacción de terminar un trabajo difícil.

El silencio.

El aburrimiento.

La espera.

La paciencia.

La vida real.

Y quizá esa sea la mayor tarea de los adultos:

no quitarle la tecnología a los jóvenes, sino asegurarse de que la tecnología no les quite la experiencia de vivir.

23. UNA GUÍA RÁPIDA PARA SABER SI HAY QUE PRESTAR ATENCIÓN

Una familia debería detenerse a observar cuando el uso del teléfono comienza a coincidir con varios de estos cambios:

  • duerme cada vez menos;
  • abandona actividades que antes disfrutaba;
  • descuida los estudios;
  • deja de hacer ejercicio;
  • se aísla;
  • se irrita excesivamente cuando se establece un límite;
  • utiliza el teléfono durante prácticamente toda actividad;
  • no puede permanecer un período razonable sin revisarlo;
  • utiliza el teléfono principalmente para escapar de problemas o emociones;
  • existen conflictos familiares constantes por el dispositivo.

Una señal aislada no constituye un diagnóstico.

Pero varias señales juntas merecen conversación y, cuando sea necesario, orientación profesional.

24. Y SI EL PROBLEMA YA ESTÁ INSTALADO, ¿QUÉ HACER?

No comenzar con insultos.

No decir:

"Eres un adicto."

No humillar.

No comparar:

"Mira cómo estudia el hijo de fulano."

No convertir cada conversación familiar en una batalla.

Es preferible comenzar preguntando:

"¿Qué es lo que más te gusta hacer en el teléfono?"

Después:

"¿Crees que estás durmiendo lo suficiente?"

Luego:

"¿Hay algo que te esté preocupando en internet?"

Y finalmente:

"¿Qué podemos cambiar juntos?"

La palabra importante es juntos.

Porque el objetivo no es derrotar al joven.

El objetivo es ayudarlo a recuperar el control de sus hábitos.

25. EL GRAN DESAFÍO DE ESTA GENERACIÓN

Las generaciones anteriores tuvieron que aprender a controlar la televisión.

Esta generación tiene que aprender a controlar algo mucho más poderoso:

un dispositivo que cabe en el bolsillo, está conectado permanentemente a internet y puede ofrecer contenido prácticamente infinito.

El desafío educativo es enorme.

Pero también lo es la oportunidad.

Nunca antes un adolescente había tenido acceso tan inmediato a bibliotecas, cursos, universidades, idiomas, tutoriales, herramientas creativas y conocimientos de todo el mundo.

La misma tecnología que puede distraerlo durante horas también puede ayudarlo a construir su futuro.

La diferencia está en cómo la utiliza.

LA REFLEXIÓN DE: LAPLUMAPERSPICAZ.COM

Quizás dentro de algunos años nuestros hijos no recuerden cuántos teléfonos tuvieron.

Pero sí recordarán quién estuvo presente cuando necesitaban hablar.

Recordarán quién los escuchó.

Quién les enseñó.

Quién les puso límites.

Quién les enseñó a levantarse después de un fracaso.

Quién les mostró que el mundo es mucho más grande que una pantalla.

El problema no es que nuestros jóvenes tengan teléfonos.

El problema comienza cuando el teléfono ocupa tanto espacio en sus vidas que deja poco espacio para vivir.

La tecnología no es enemiga de la juventud.

El celular tampoco es el enemigo.

El enemigo puede ser la ausencia de límites, la falta de educación digital, la pérdida del sueño, el aislamiento, la exposición a contenidos dañinos y la incapacidad de desconectarse cuando la vida real necesita nuestra atención.

Por eso no debemos criar una generación que tenga miedo de la tecnología.

Debemos criar una generación que sepa dominarla.

Un joven que puede apagar su teléfono para estudiar está aprendiendo autocontrol.

Un joven que puede dejarlo para dormir está protegiendo su salud.

Un joven que puede conversar con su familia sin mirar la pantalla está fortaleciendo sus relaciones.

Un joven que puede utilizar internet para aprender está convirtiendo la tecnología en una herramienta.

Y un joven que sabe que una pantalla no determina su valor como persona está construyendo algo todavía más importante:

criterio propio.

Quizás esa sea la verdadera batalla de nuestra época.

No se trata de decidir entre el mundo real y el mundo digital.

Se trata de enseñar a nuestros hijos a vivir plenamente en ambos sin perderse en ninguno.

CONCLUSIÓN

El teléfono celular llegó para quedarse.

En República Dominicana, los datos oficiales muestran hasta qué punto la conectividad móvil forma parte de la vida cotidiana.

Por eso la solución no puede ser simplemente prohibir.

Tampoco podemos afirmar que todo uso de pantalla sea perjudicial.

La evidencia disponible indica que los efectos dependen de múltiples factores: cantidad y horario de uso, contenido, características individuales, entorno familiar y social, y aquello que el uso digital está desplazando de la vida cotidiana. La OMS ha subrayado precisamente esa complejidad.

Lo que sí merece atención es cuando las pantallas empiezan a interferir con necesidades fundamentales:

dormir, estudiar, moverse, conversar, relacionarse y vivir.

Y en República Dominicana existe además un desafío de seguridad digital que no podemos ignorar: UNICEF reportó en 2026 que solo el 37 % de los adolescentes consultados dijo sentirse seguro en los espacios digitales que utiliza.

Por eso la educación digital debe comenzar en el hogar, continuar en las escuelas y formar parte de la conversación de toda la sociedad.

Nuestros hijos no necesitan adultos que simplemente les griten:

"¡Suelta ese teléfono!"

Necesitan adultos que les enseñen por qué deben soltarlo, cuándo deben hacerlo, qué peligros existen detrás de la pantalla y cómo convertir esa misma tecnología en una herramienta para aprender y crecer.

Porque el futuro no será de quienes rechacen la tecnología.

Tampoco será necesariamente de quienes pasen más horas conectados.

Será de quienes aprendan a utilizarla sin permitir que la tecnología decida por ellos cómo vivir, cómo pensar y cómo relacionarse con los demás.

La tecnología debe estar al servicio de la persona. Nunca la persona al servicio de la pantalla.

PREGUNTAS FRECUENTES SOBRE EL USO DEL CELULAR EN ADOLESCENTES

¿El celular es malo para los adolescentes?

No necesariamente. El teléfono puede ser una herramienta educativa, social y creativa. La preocupación aparece cuando su utilización desplaza el sueño, la actividad física, los estudios, las relaciones familiares u otras actividades importantes.

¿Cuántas horas de celular son demasiadas?

No existe una cifra única que permita determinar automáticamente que un adolescente tiene un problema. Además del tiempo, deben observarse el contenido, el horario y las consecuencias sobre la vida cotidiana.

¿Usar el celular por la noche puede afectar el sueño?

Puede contribuir a problemas de sueño, especialmente cuando retrasa la hora de acostarse o mantiene al adolescente conectado durante el período destinado al descanso. El sueño es particularmente importante durante el desarrollo.

¿Las redes sociales provocan depresión?

No puede afirmarse de manera general que las redes sociales causen depresión en todos los jóvenes. La relación entre tecnología y bienestar mental es compleja y puede funcionar en ambas direcciones.

¿Qué pueden hacer los padres?

Establecer reglas claras, proteger el horario de sueño, crear momentos sin teléfonos, conversar sobre lo que ocurre en internet y dar ejemplo con sus propios hábitos digitales.

¿Cuándo debería buscarse ayuda profesional?

Cuando existen cambios importantes y persistentes en el sueño, estado de ánimo, comportamiento, estudios, relaciones o capacidad de controlar el uso del dispositivo, puede ser conveniente consultar con un profesional de salud o salud mental.

La Pluma Perspicaz

Información que educa. 

FUENTES PARA PROFUNDIZAR

Oficina Nacional de Estadística (ONE), República Dominicana — ENHOGAR-2024: datos nacionales sobre acceso y uso de teléfonos celulares.

UNICEF República Dominicana — 2026: información sobre seguridad de adolescentes en espacios digitales y experiencias de riesgo en línea.

Organización Mundial de la Salud (OMS), 2025: análisis de los determinantes digitales de la salud mental y el bienestar de niños y jóvenes.

Centers for Disease Control and Prevention (CDC), 2025: estudio sobre asociaciones entre uso de pantallas y diferentes indicadores de salud en adolescentes.

U.S. Surgeon General: información sobre los posibles efectos del uso de pantallas y recomendaciones para promover hábitos saludables.

NOTA EDITORIAL

Este artículo tiene carácter educativo e informativo. No pretende diagnosticar adicciones, trastornos mentales ni problemas de salud en personas determinadas. Las investigaciones citadas muestran asociaciones y riesgos identificados por organismos científicos; no significan que todos los adolescentes que utilizan teléfonos o redes sociales desarrollarán problemas de salud física o mental.


 

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