REPÚBLICA DOMINICANA: 96 años buscando el país que todavía no terminamos de construir

 

Por: Genil Cuesta Féliz | laplumaperspicaz. 


De Trujillo a Abinader: una mirada crítica a la dictadura, la democracia, el crecimiento económico y las deudas sociales que todavía definen a la nación dominicana

¿qué país hemos construido?

Hay países que pueden explicar su historia por medio de sus presidentes. La República Dominicana, en cambio, necesita algo más profundo: explicar su historia a través de sus luchas por el poder, sus avances económicos, sus retrocesos institucionales y las aspiraciones de una población que, generación tras generación, sigue esperando que el desarrollo llegue a todos.

Desde la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo hasta el actual gobierno de Luis Abinader, el país ha atravesado prácticamente un siglo de transformaciones.

Hemos pasado de una dictadura férrea a una democracia electoral. De una economía predominantemente agropecuaria a una economía sustentada en servicios, turismo, zonas francas, remesas, construcción e inversión extranjera. Hemos construido carreteras, elevados, presas, hospitales, universidades, aeropuertos y grandes centros urbanos.

Pero también hemos acumulado preguntas que todavía no tienen respuestas definitivas:

¿Por qué un país que ha crecido económicamente durante décadas todavía mantiene tantas desigualdades?

¿Por qué hemos cambiado tantas veces de gobierno sin conseguir transformar completamente la calidad del Estado?

¿Por qué seguimos dependiendo tanto de las remesas, del turismo y de la economía informal?

Y, sobre todo:

¿Estamos construyendo una nación institucionalmente fuerte o simplemente hemos aprendido a administrar mejor nuestras viejas deficiencias?

Este análisis no pretende condenar ni glorificar presidentes. Pretende juzgar —con la distancia que permite la historia— el país que todos esos gobiernos han ido dejando como herencia.

Trujillo: cuando el Estado tenía dueño

Rafael Leónidas Trujillo llegó al poder en 1930 y permaneció como figura dominante hasta su asesinato en 1961.

Su régimen convirtió al Estado dominicano en un instrumento de control político y personal. Las instituciones existían, pero la voluntad del dictador estaba por encima de ellas. La Constitución podía cambiarse y las elecciones podían celebrarse, pero la esencia del sistema era la concentración del poder.

La propia historia constitucional dominicana muestra cómo durante la dictadura se modificaron repetidamente las reglas institucionales para fortalecer el Poder Ejecutivo y reducir los contrapesos.

Sería un error, sin embargo, analizar aquella época solamente desde la infraestructura o desde determinadas obras públicas.

Una carretera no convierte una dictadura en democracia.

Una obra de infraestructura no compensa la desaparición de las libertades.

El crecimiento económico, cuando existe bajo un régimen de miedo, no puede utilizarse como sustituto de los derechos humanos.

El gran legado negativo de Trujillo fue precisamente ese: demostró cuánto daño puede producir un Estado cuando las instituciones dejan de estar por encima del gobernante.

Pero dejó también una lección que la República Dominicana nunca debería olvidar:

Cuando una nación permite que el poder se concentre demasiado en una persona, tarde o temprano termina pagando un precio demasiado alto.

Después de Trujillo: libertad sin estabilidad

La desaparición física del dictador no significó la desaparición inmediata del sistema político que había construido.

El país entró en una etapa de enorme incertidumbre.

Juan Bosch llegó a la Presidencia en 1963 después de unas elecciones que representaron una ruptura histórica con el pasado autoritario. Su gobierno intentó establecer un modelo político y social más democrático y aprobó una Constitución de fuerte contenido liberal.

Pero aquel experimento duró apenas unos meses.

El golpe de Estado contra Bosch abrió una de las etapas más convulsas de nuestra historia contemporánea. La crisis política desembocó en la guerra de abril de 1965 y posteriormente en una intervención militar estadounidense.

La experiencia de Bosch dejó una enseñanza extraordinariamente importante:

una democracia no se consolida solamente celebrando elecciones.

Necesita instituciones capaces de soportar los conflictos que inevitablemente aparecen cuando diferentes sectores de la sociedad tienen intereses distintos.

Balaguer: orden, obras y autoritarismo

En 1966 comenzó otra etapa decisiva con Joaquín Balaguer.

Su figura es imposible de juzgar desde una sola perspectiva.

Balaguer impulsó grandes proyectos de infraestructura y transformó físicamente importantes zonas del país. Presas, carreteras, avenidas, hospitales y edificaciones marcaron profundamente su presencia en el Estado.

Pero el mismo período estuvo acompañado por prácticas políticas autoritarias, persecución de opositores y graves cuestionamientos al ejercicio democrático.

Ahí aparece una de las contradicciones más profundas de nuestra historia:

¿Puede un gobierno ser considerado exitoso porque construye mucho aunque limite las libertades?

La respuesta debe ser no.

El desarrollo material es importante, pero una nación no se mide únicamente por el número de kilómetros de carreteras que construye.

También debe medirse por la capacidad de sus ciudadanos para hablar sin miedo, votar libremente, reclamar derechos y confiar en que la justicia funciona independientemente del poder político.

Balaguer construyó mucho.

Pero también dejó una democracia que todavía necesitaba madurar.

1978: el país descubre que el poder puede cambiar de manos

Las elecciones de 1978 representaron uno de los grandes momentos de la historia democrática dominicana.

Antonio Guzmán y el Partido Revolucionario Dominicano llegaron al poder y comenzó una transición hacia un sistema más plural.

La documentación histórica de la Cámara de Diputados identifica precisamente el período 1978-1982 como una etapa de transición democrática y señala reformas políticas, económicas y sociales importantes durante el gobierno de Guzmán.

Aquello tuvo un valor mucho mayor que el de una simple elección.

El país comenzó a descubrir que un presidente podía perder el poder y que el Estado podía sobrevivir al cambio.

Ese principio parece elemental hoy.

No lo era entonces.

De los años ochenta a los noventa: democracia, crisis y aprendizaje

Los gobiernos de Salvador Jorge Blanco y el retorno de Balaguer mostraron que la democracia dominicana todavía tenía profundas debilidades.

Llegaron crisis económicas, inflación, conflictos sociales, cuestionamientos electorales y nuevas tensiones entre las fuerzas políticas.

Sin embargo, algo fundamental estaba cambiando.

La sociedad dominicana comenzaba a acostumbrarse a votar, protestar, organizarse, reclamar y cambiar gobiernos.

En 1994, la crisis electoral condujo a acuerdos políticos que modificaron las reglas del juego y facilitaron la llegada de una nueva generación política.

En 1996 apareció con fuerza la figura de Leonel Fernández.

La República Dominicana entraba en otra etapa.

Leonel Fernández: modernización y globalización

Los gobiernos de Leonel Fernández coincidieron con una transformación profunda del país.

República Dominicana comenzó a mirar con mayor intensidad hacia la economía global.

Telecomunicaciones, infraestructura, inversión extranjera, expansión urbana y nuevas tecnologías transformaron la vida cotidiana.

Pero la modernización dominicana tuvo una característica que se repetiría posteriormente:

el país avanzó más rápido en infraestructura y consumo que en la solución de algunas de sus debilidades estructurales.

El dominicano comenzó a tener más acceso a teléfonos inteligentes, internet, vehículos, centros comerciales y nuevas oportunidades de consumo.

Pero muchas comunidades continuaron enfrentando problemas básicos de agua potable, drenaje, calles, transporte, seguridad y calidad educativa.

La modernidad llegó.

Pero no llegó de la misma manera para todos.

Hipólito Mejía: el país de las crisis

El gobierno de Hipólito Mejía quedó marcado por una de las crisis económicas y financieras más importantes de la historia reciente.

La quiebra de importantes entidades bancarias produjo una enorme crisis de confianza y tuvo consecuencias económicas y sociales.

La experiencia dejó otra lección:

el crecimiento económico sin instituciones financieras sólidas y controles eficaces puede convertirse rápidamente en vulnerabilidad.

El país sobrevivió.

Y volvió a crecer.

Pero la crisis demostró que la estabilidad económica no debe darse nunca por garantizada.

Leonel y Danilo: crecimiento sin transformación completa

Con el retorno de Leonel Fernández y posteriormente la llegada de Danilo Medina, la República Dominicana consolidó un modelo económico que consiguió tasas importantes de crecimiento durante varios períodos.

Construcción, turismo, zonas francas, servicios, inversión extranjera y remesas se convirtieron en pilares fundamentales.

El Banco Mundial registra que la economía dominicana alcanzó un PIB de aproximadamente US$127,400 millones en 2025, con un PIB per cápita superior a US$11,000.

Eso representa un cambio extraordinario respecto a la República Dominicana de décadas anteriores.

Pero aquí aparece una pregunta incómoda:

¿Puede considerarse plenamente exitoso un modelo económico cuando el tamaño de la economía aumenta más rápidamente que la calidad de vida de determinados sectores?

La respuesta exige mirar más allá del PIB.

Porque el desarrollo no consiste solamente en producir más.

Consiste en que más personas puedan vivir mejor.

Abinader: la etapa de la institucionalidad

Luis Abinader llegó a la Presidencia en 2020 y posteriormente fue reelegido para el período 2024-2028.

Su gobierno ha colocado un énfasis particular en la institucionalidad, la transparencia, la independencia del Ministerio Público y la reforma del Estado.

La reforma constitucional de 2024 incorporó mecanismos destinados a reforzar la alternancia presidencial y estableció límites adicionales relacionados con la posibilidad de modificar las reglas de elección presidencial.

En 2026, el Gobierno ha colocado entre sus prioridades la seguridad, el agua potable, la energía, la educación, la salud, el empleo y la eficiencia estatal.

Además, en junio de 2026 fue promulgada la Ley 30-26, orientada al crecimiento económico y a la mitigación de los efectos de la crisis internacional, incluyendo medidas relacionadas con la sostenibilidad fiscal y el manejo de los recursos públicos.

Todo esto representa una evolución importante.

Pero también debemos ser cuidadosos.

Una reforma institucional escrita en una Constitución solamente adquiere verdadero valor cuando se convierte en práctica cotidiana.

La gran prueba de Abinader —y de cualquier presidente que venga después— será lograr que las instituciones sean fuertes incluso cuando el gobierno de turno no tenga interés en que lo sean.

¿Qué país tenemos hoy?

La República Dominicana de 2026 no es la República Dominicana de Trujillo.

Y tampoco es la República Dominicana de Balaguer.

Eso debe reconocerse.

Hoy tenemos elecciones competitivas, mayor pluralismo político, una economía mucho más diversificada, una infraestructura considerablemente superior, una población conectada digitalmente y una inserción internacional mucho más fuerte.

El Banco Mundial registra que el 91 % de la población utilizaba internet en 2024, mientras el acceso a electricidad alcanzaba el 99.6 % de la población según sus datos más recientes disponibles.

Pero tampoco somos todavía el país que podríamos ser.

El mismo conjunto de datos muestra que solamente alrededor del 43 % de la población tenía acceso a servicios de saneamiento gestionados de manera segura en 2024.

Ahí está una de las contradicciones dominicanas.

Podemos hablar de transformación digital mientras existen comunidades con problemas básicos de agua y saneamiento.

Podemos inaugurar grandes obras mientras algunos barrios continúan esperando calles dignas.

Podemos hablar de crecimiento económico mientras miles de trabajadores permanecen en la informalidad.

Podemos presumir de modernización mientras la calidad educativa sigue siendo una de las grandes tareas nacionales.

El problema que atraviesa todas las épocas: la desigualdad

La República Dominicana ha conseguido algo extraordinario: crecer.

Pero todavía necesita conseguir algo más difícil:

distribuir mejor las oportunidades.

El verdadero éxito nacional no debería medirse solamente por cuántos hoteles construimos, cuántos turistas recibimos o cuánto crece el PIB.

También debería medirse por preguntas mucho más sencillas:

¿Puede una familia trabajadora comprar una vivienda?

¿Puede un joven conseguir un empleo digno sin tener una recomendación política?

¿Puede una persona enferma recibir atención adecuada sin endeudarse?

¿Puede una comunidad conseguir agua potable?

¿Puede un ciudadano reclamar ante una institución pública y recibir respuesta?

¿Puede un adulto mayor vivir dignamente?

¿Puede un niño pobre recibir una educación capaz de cambiar su futuro?

Ahí está el verdadero examen de la República Dominicana.

Corrupción: la vieja enfermedad que todavía no desaparece

La corrupción ha acompañado diferentes etapas de nuestra historia política.

No pertenece exclusivamente a un partido.

No pertenece exclusivamente a una generación.

Y sería irresponsable utilizarla únicamente como arma electoral.

Transparencia Internacional señaló en su Índice de Percepción de la Corrupción 2025 que República Dominicana obtuvo 37 puntos sobre 100, aunque también indicó que el país se encuentra entre los países de América que han registrado una mejora significativa desde 2012.

Esto debe analizarse con madurez.

Reconocer una mejoría no significa declarar vencido el problema.

La corrupción no desaparece porque un gobierno encarcele funcionarios.

Desaparece cuando las instituciones hacen difícil robar, fácil detectar el robo y probable recibir una sanción independientemente de quién tenga poder.

¿Hemos construido una democracia plena?

La respuesta tampoco puede ser absolutamente afirmativa ni absolutamente negativa.

Freedom House calificó a República Dominicana como “parcialmente libre” en su informe de 2025, reconociendo elecciones generalmente libres y competitivas, pero señalando problemas relacionados con corrupción, transparencia, abuso policial y otras libertades civiles.

Esto nos obliga a abandonar dos extremos.

Ni somos aquella dictadura de 1930.

Ni debemos creer que haber celebrado elecciones durante décadas significa que todos los problemas democráticos están resueltos.

La democracia no termina en las urnas.

Comienza allí.

Continúa en los tribunales.

En las escuelas.

En los hospitales.

En las instituciones públicas.

En los ayuntamientos.

En el Congreso.

En los medios de comunicación.

Y, sobre todo, en la conducta diaria del ciudadano.

¿Qué falta por hacer?

Muchísimo.

Pero hay cinco tareas que deberían convertirse en prioridades nacionales independientemente del partido que gobierne.

1. Construir un Estado que funcione

Menos burocracia, menos duplicidades y más resultados.

2. Convertir la educación en la principal política de Estado

No solamente construir escuelas: hay que mejorar el aprendizaje.

3. Formalizar la economía

Un trabajador no debería depender eternamente de la informalidad para sobrevivir.

4. Resolver definitivamente el problema del agua, saneamiento y ordenamiento territorial

No podemos seguir tratando como emergencias problemas que llevan décadas.

5. Fortalecer la justicia y la lucha contra la corrupción

La ley debe tener el mismo peso para el poderoso y para el ciudadano común.

Las preguntas que debería hacerse cada dominicano

¿Estamos dejando a nuestros hijos un país mejor que el que recibimos?

¿Estamos educando ciudadanos o solamente preparando personas para conseguir empleos?

¿Estamos construyendo instituciones o solamente gobiernos?

¿Estamos reduciendo la desigualdad o aprendiendo a convivir con ella?

¿Estamos utilizando correctamente los recursos públicos?

¿Estamos exigiendo resultados a nuestros gobernantes?

¿Y nosotros, como ciudadanos, estamos cumpliendo nuestra parte?

Porque sería demasiado fácil responsabilizar únicamente a los presidentes.

Los presidentes pasan. El país permanece.

Conclusión: la República Dominicana todavía está en construcción

Desde Trujillo hasta Abinader hemos recorrido un camino extraordinario.

Salimos de una dictadura.

Atravesamos golpes de Estado, guerras civiles, intervenciones extranjeras, gobiernos autoritarios, crisis económicas, conflictos electorales y profundas transformaciones sociales.

Aprendimos a votar.

Aprendimos a cambiar gobiernos.

Aprendimos a protestar.

Aprendimos a exigir.

Aprendimos, poco a poco, que el presidente no debe ser dueño del país.

Pero todavía tenemos que aprender algo más importante:

que el país tampoco pertenece a los partidos políticos.

La República Dominicana pertenece a sus ciudadanos.

A los niños que estudian en una escuela pública.

Al agricultor que trabaja la tierra.

Al trabajador que toma un autobús antes de que salga el sol.

A la mujer que sostiene sola a su familia.

Al empresario que genera empleos.

Al joven que busca una oportunidad.

Al envejeciente que después de trabajar toda su vida espera una vejez digna.

Y también a quienes todavía viven en comunidades donde tener agua potable, calles transitables o un servicio público eficiente continúa siendo una lucha.

El balance histórico, por tanto, no puede ser ni una condena absoluta ni una celebración triunfalista.

La República Dominicana ha avanzado.

Pero podría haber avanzado más.

Hemos construido mucho.

Pero todavía nos falta construir mejor.

Tenemos más democracia.

Pero todavía necesitamos mejores instituciones.

Tenemos más riqueza.

Pero todavía necesitamos más justicia social.

Y esa quizá sea la conclusión más importante de casi un siglo de historia:

El desafío dominicano ya no consiste solamente en cambiar de presidente. Consiste en cambiar la calidad del país que todos los presidentes reciben y todos los ciudadanos heredamos.

Reflexión editorial de La Pluma Perspicaz

La historia dominicana demuestra que ningún presidente, por bueno o malo que haya sido, puede explicar por sí solo el destino de una nación.

Trujillo no fue la República Dominicana.

Balaguer tampoco.

Bosch tampoco.

Guzmán, Jorge Blanco, Leonel Fernández, Hipólito Mejía, Danilo Medina y Luis Abinader tampoco son la República Dominicana.

Ellos fueron —y algunos siguen siendo— capítulos de una historia mucho más grande.

La verdadera protagonista es la nación.

Y si queremos juzgar nuestro futuro con honestidad, debemos dejar de preguntar únicamente “¿qué hizo este presidente?” y comenzar a preguntar:

“¿Qué país estamos construyendo entre todos?”

Porque algún día Abinader también será historia.

Y cuando ese momento llegue, lo verdaderamente importante no será recordar cuántas obras inauguró, cuántos discursos pronunció o cuántas elecciones ganó.

La pregunta será mucho más sencilla:

¿Dejó una República Dominicana mejor preparada para vivir sin depender de hombres providenciales?

Ese será, al final, el verdadero juicio de la historia.

La Pluma Perspicaz

Información que educa,

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