LA TRAMPA DE LA POLARIZACIÓN: ¿QUIÉN GANA CUANDO LOS DOMINICANOS SE PELEAN POR LOS PARTIDOS POLÍTICOS?

 


Por: Genil Cuesta Féliz | La Pluma Perspicaz. 

Cuando la política deja de ser una discusión y se convierte en una guerra entre ciudadanos

En la República Dominicana, una conversación sobre política puede comenzar con una pregunta sencilla y terminar en una discusión familiar, una amistad rota o una enemistad que se prolonga durante años. Basta mencionar un partido, defender a un dirigente o cuestionar una decisión del Gobierno para que algunas personas dejen de escuchar argumentos y comiencen a defender colores, símbolos y lealtades.

Lo verdaderamente preocupante no es que los dominicanos tengan opiniones políticas diferentes. La diversidad de pensamiento es parte esencial de una democracia. El problema aparece cuando el ciudadano deja de evaluar a los políticos por sus decisiones y comienza a justificarlo todo porque pertenece a su partido, mientras condena exactamente las mismas conductas cuando las comete el adversario.

Entonces surge una pregunta incómoda, pero necesaria:

¿Quién gana cuando los dominicanos se enfrentan entre sí por defender a dirigentes que, muchas veces, ni siquiera conocen personalmente?

La respuesta merece una reflexión profunda. Porque, mientras los ciudadanos discuten, se insultan y se acusan mutuamente, los problemas que afectan su vida cotidiana no desaparecen: el costo de la vida, la inseguridad, las deficiencias de los servicios públicos, el desempleo, la calidad de la educación y las dificultades para acceder a una atención médica adecuada siguen exigiendo respuestas.

La polarización puede convertirse, por tanto, en una distracción que perjudica a la ciudadanía y beneficia a quienes encuentran ventajas en mantener la discusión pública concentrada en las rivalidades partidarias.

1. La polarización: cuando el adversario se convierte en enemigo

La polarización política es el proceso mediante el cual las diferencias entre grupos se profundizan hasta dificultar el diálogo, el reconocimiento de los hechos y la posibilidad de encontrar soluciones compartidas.

No toda confrontación política es negativa. Una oposición firme puede denunciar irregularidades, cuestionar decisiones gubernamentales y exigir rendición de cuentas. Del mismo modo, un Gobierno tiene derecho a defender sus políticas y explicar sus resultados.

El problema comienza cuando el debate deja de centrarse en las decisiones y pasa a convertirse en una lucha por destruir la reputación del contrario.

En ese ambiente, el ciudadano ya no pregunta si una medida es buena o mala para el país. Pregunta quién la propuso. Si la propone su partido, la defiende; si la presenta el adversario, la rechaza.

Así nace una de las mayores contradicciones de la política: una misma conducta puede ser considerada inaceptable cuando la realiza un adversario y perfectamente justificable cuando beneficia al grupo propio.

¿Es esa una manera responsable de ejercer la ciudadanía? ¿Puede una sociedad exigir transparencia a sus gobernantes si sus propios integrantes renuncian a la objetividad cuando hablan de política?

La democracia necesita ciudadanos capaces de reconocer los aciertos del contrario y denunciar los errores de sus aliados. Sin esa disposición, el debate público se convierte en una competencia de lealtades, no en una búsqueda de soluciones.

2. ¿Quién gana cuando el pueblo se divide?

No sería responsable afirmar que existe una conspiración única detrás de todas las disputas políticas. Sin embargo, sí es posible identificar quiénes pueden obtener ventajas cuando la confrontación sustituye al debate razonado.

Los dirigentes que consiguen convertir la crítica en una defensa personal

Un funcionario cuestionado por una decisión pública debe responder por ella con argumentos, información y resultados. Pero cuando la discusión se transforma en una batalla entre seguidores, el asunto original puede quedar relegado.

En lugar de examinar una denuncia, algunos terminan discutiendo quién es más leal al partido, quién tiene más autoridad moral o quién merece ser considerado enemigo.

En ese escenario, el dirigente puede recibir una defensa apasionada sin haber respondido todavía a las preguntas importantes.

La lealtad partidaria no debería funcionar como un certificado de inocencia. Ningún cargo público debe quedar protegido de la crítica por la popularidad de quien lo ocupa.

Los actores políticos que necesitan mantener encendida la confrontación

La indignación moviliza, las controversias generan atención y las acusaciones pueden dominar una conversación pública durante días. Por eso, algunos actores políticos pueden encontrar ventajas en mantener a sus seguidores permanentemente enfrentados con los del otro bando.

No significa que toda crítica enérgica sea una estrategia calculada. Muchas denuncias son legítimas y necesarias. La diferencia está en si el discurso busca aclarar un problema y corregirlo o si se limita a alimentar la hostilidad.

Cuando la discusión política gira constantemente alrededor de quién humilló a quién, quién insultó primero y quién debe vengarse, las propuestas concretas pierden espacio.

La pregunta que debemos hacernos es sencilla: ¿estamos recibiendo información que nos ayuda a comprender el país o contenido diseñado principalmente para despertar nuestra ira?

Los operadores de propaganda y los creadores de contenido

Las redes sociales han abierto nuevas oportunidades para informar, denunciar y fiscalizar el poder. También permiten que una acusación, una imagen manipulada o un fragmento de discurso fuera de contexto alcance a miles de personas en poco tiempo.

Algunos creadores de contenido pueden obtener visitas, seguidores, contratos o ingresos publicitarios mediante publicaciones polémicas. Otros actúan por convicción política, y muchos ciudadanos participan sin recibir ningún beneficio económico.

Por eso, no se debe acusar indiscriminadamente a quienes opinan sobre política. Lo que corresponde es examinar las prácticas: ¿se verifica la información?, ¿se distingue una opinión de un hecho?, ¿se corrigen los errores?, ¿se identifica quién financia la propaganda cuando corresponde?

Un estudio publicado en noviembre de 2025 por el periódico El Día, basado en una investigación sobre discursos de odio y desinformación en redes sociales dominicanas, informó que se habían analizado más de 652,000 publicaciones y comentarios. El informe identificó problemas de desinformación, hostilidad digital y ataques contra periodistas y grupos vulnerables.

Estos hallazgos muestran que la degradación del debate en internet no es una preocupación imaginaria. No demuestran que todos los enfrentamientos políticos sean organizados ni que todas las personas que participan actúen de mala fe, pero sí justifican prestar atención a la forma en que circula la información.

Los ciudadanos que terminan perdiendo tiempo, confianza y oportunidades

Hay una víctima que suele pasar inadvertida: el ciudadano que dedica más energía a defender a un dirigente que a exigirle resultados.

Mientras discute durante horas en Facebook, WhatsApp o cualquier otra plataforma, puede estar dejando de lado preguntas fundamentales sobre su comunidad:

¿Por qué una calle continúa deteriorada? ¿Qué ocurrió con una obra anunciada? ¿Cómo se utilizan los recursos públicos? ¿Qué resultados obtuvo una institución? ¿Por qué no se ha resuelto una necesidad del barrio?

La política debe servir para organizar la vida colectiva y mejorar las condiciones de la población. Cuando se convierte en una disputa permanente entre simpatizantes, pierde parte de su función esencial.

3. La doble moral: lo malo del adversario y lo justificable del aliado

Uno de los motores más persistentes de la polarización es la doble moral.

Si un dirigente del partido contrario cambia de posición, se le acusa de oportunismo. Si lo hace un dirigente propio, se habla de evolución política.

Si un funcionario del adversario comete un error, se exige su renuncia. Si el error afecta a un aliado, aparecen explicaciones, excusas y llamados a esperar los resultados de una investigación.

Si la oposición denuncia una irregularidad, algunos simpatizantes la consideran una prueba definitiva de corrupción. Si una denuncia similar afecta a su propio partido, pueden rechazarla sin examinar las pruebas.

Esta conducta no pertenece exclusivamente a una organización política ni a una ideología. Puede aparecer en cualquier partido y en cualquier grupo social.

El problema es que la ciudadanía pierde la capacidad de aplicar principios comunes. La honestidad deja de ser una exigencia universal y se convierte en una herramienta para atacar al contrario.

La verdadera coherencia política consiste en exigirle al propio partido el mismo nivel de transparencia que se le exige al adversario.

Quien solamente condena la corrupción ajena no está defendiendo necesariamente la honestidad: podría estar defendiendo, ante todo, los intereses de su grupo.

Y quien solamente reconoce las virtudes de sus aliados termina renunciando a una parte esencial de su libertad como ciudadano: la capacidad de pensar por cuenta propia.

4. Las redes sociales: el combustible de la confrontación

Las redes sociales permiten que cualquier ciudadano participe en conversaciones que antes estaban dominadas por los medios tradicionales. Esa posibilidad representa un avance importante para la libertad de expresión.

Sin embargo, la rapidez con la que circulan los contenidos también facilita la difusión de rumores, imágenes engañosas y acusaciones que no han sido verificadas.

Un titular provocador puede compartirse miles de veces antes de que alguien compruebe si la información es cierta. Un video de pocos segundos puede generar indignación sin mostrar lo que ocurrió antes o después. Una publicación puede presentar una opinión como si fuera un hecho confirmado.

En política, estas prácticas son especialmente delicadas porque afectan la reputación de personas, la confianza en las instituciones y la capacidad de los ciudadanos para tomar decisiones informadas.

La solución no consiste en prohibir las opiniones incómodas ni en silenciar las críticas al poder. Consiste en fortalecer la verificación, exigir responsabilidad a quienes difunden acusaciones y enseñar a los ciudadanos a distinguir entre información, propaganda y desinformación.

Antes de compartir una publicación política, conviene hacerse cuatro preguntas:

  1. ¿Quién publicó esta información y qué pruebas presenta?
  2. ¿Existe otra fuente confiable que confirme lo ocurrido?
  3. ¿El contenido está completo o utiliza una frase o imagen fuera de contexto?
  4. ¿Lo compartiría con la misma rapidez si perjudicara al partido que yo apoyo?

La última pregunta es particularmente importante. Muchas veces no compartimos una información porque sabemos que es verdadera, sino porque deseamos que sea verdadera.

5. El peligro de convertir los partidos en identidades personales

Para algunos ciudadanos, la pertenencia política es mucho más que una preferencia electoral. Puede estar vinculada a la historia familiar, las experiencias personales, las expectativas de progreso o la identificación con determinados valores.

Por eso, una crítica al partido puede sentirse como un ataque a la propia persona.

Cuando esto sucede, reconocer un error del grupo se vuelve emocionalmente difícil. Admitir que un dirigente se equivocó puede interpretarse como una traición, mientras que cuestionar al adversario produce una sensación de pertenencia y superioridad moral.

Pero existe una diferencia fundamental entre apoyar una organización y entregarle nuestra capacidad de juzgar.

Un partido es una institución humana. Sus dirigentes pueden acertar o equivocarse, actuar correctamente o cometer faltas. Ninguna organización política está por encima de la ley ni merece una obediencia que impida examinar sus decisiones.

La ciudadanía madura no consiste en carecer de preferencias políticas. Consiste en tenerlas sin perder la capacidad de pensar críticamente.

Podemos apoyar una propuesta y rechazar otra. Podemos votar por un candidato y exigirle explicaciones. Podemos reconocer un resultado favorable sin negar los problemas que todavía existen.

Esa independencia de criterio es una de las mejores defensas contra la manipulación política.

6. ¿Qué dicen los datos sobre el desencanto político dominicano?

La discusión sobre la polarización debe ir acompañada de datos y no solamente de impresiones personales.

El 21 de octubre de 2026, Diario Libre publicó los resultados de una encuesta de ACD Media correspondiente a octubre. Según el reporte, el 59.9 % de los encuestados manifestó que no simpatizaba con ningún partido político. El medio también informó que el porcentaje de personas que afirmaron que no votarían si las elecciones presidenciales fueran en ese momento había aumentado al 13.7 %.

Estos resultados deben interpretarse con cuidado: no simpatizar con un partido no significa necesariamente rechazar la democracia, abandonar la política o estar completamente desinformado. Una persona puede no identificarse con ninguna organización y, aun así, participar activamente en la vida pública.

Sin embargo, las cifras plantean una pregunta importante: ¿por qué una parte considerable de la población no se identifica con las organizaciones políticas existentes?

Entre las posibles explicaciones que deben examinarse están el incumplimiento de promesas, la falta de confianza, la percepción de que los dirigentes anteponen sus intereses personales y la distancia entre las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos y las prioridades de la clase política.

No corresponde atribuir todas estas causas a una sola organización ni afirmar que una encuesta demuestra por sí sola el origen del desencanto. Lo razonable es reconocer que la confianza política constituye un asunto que merece investigación, transparencia y respuestas concretas.

El ciudadano no necesita que le prometan una perfección imposible. Necesita instituciones que expliquen sus decisiones, autoridades que rindan cuentas y mecanismos que permitan corregir los errores.

7. Mientras discutimos por los partidos, los problemas siguen esperando

Imaginemos dos vecinos de un mismo sector. Ambos necesitan mejores servicios públicos, calles transitables, seguridad y oportunidades para sus hijos.

Uno simpatiza con el partido que gobierna. El otro prefiere a la oposición.

Cuando conversan sobre una obra inconclusa, el primero acusa al gobierno anterior. El segundo responsabiliza al actual. Cada uno presenta argumentos para defender su posición, pero ninguno exige una explicación documentada sobre el presupuesto, el contrato, los plazos o las razones del retraso.

Al final, terminan enfrentados. La obra continúa inconclusa y quienes necesitan utilizarla siguen padeciendo las consecuencias.

Este ejemplo es hipotético, pero ilustra una situación que puede producirse en cualquier comunidad cuando la discusión partidaria sustituye a la fiscalización ciudadana.

La pregunta no debería limitarse a quién tuvo la culpa originalmente. También debería incluir quién tiene actualmente la responsabilidad de resolver el problema, qué recursos existen, qué obstáculos se han identificado y cuándo se rendirán cuentas.

La responsabilidad pública debe analizarse a partir de las competencias de cada institución, los hechos comprobados y las obligaciones legales correspondientes.

Culpar al adversario puede ser políticamente conveniente. Resolver el problema requiere algo más difícil: investigar, decidir, ejecutar y responder ante la población.

8. ¿La polarización beneficia siempre a los políticos?

No. Sería una simplificación afirmar que todos los políticos se benefician de la confrontación o que toda discusión intensa es perjudicial.

La crítica pública puede fortalecer la democracia. Una oposición que investiga, denuncia y presenta alternativas puede contribuir a mejorar la gestión gubernamental. Un Gobierno que responde con información verificable puede aclarar controversias y defender legítimamente sus decisiones.

La confrontación también puede ayudar a visibilizar abusos, exigir reformas y movilizar a una población que antes permanecía indiferente.

El problema no es el desacuerdo. El problema es una confrontación que sustituye los argumentos por insultos, las pruebas por rumores y las propuestas por ataques personales.

Tampoco todos los ciudadanos que defienden un partido lo hacen por interés económico. Muchos creen sinceramente en sus ideas, valoran determinadas políticas o consideran que una organización representa mejor sus aspiraciones.

La crítica debe dirigirse a las conductas y a los mecanismos que deterioran el debate, no a la descalificación indiscriminada de todos los participantes.

La democracia necesita diferencias, competencia y fiscalización. Lo que no necesita es que los ciudadanos se conviertan en enemigos por ejercer su derecho a pensar de manera distinta.

9. ¿Cómo puede el ciudadano romper el negocio de la polarización?

La solución no depende exclusivamente de los políticos, los periodistas o las plataformas digitales. También requiere decisiones individuales.

Primero: exigir pruebas, no solamente acusaciones

Una denuncia grave debe evaluarse por la calidad de las pruebas disponibles, no por la popularidad de quien la formula ni por la identidad política de la persona señalada.

Si la información no está confirmada, corresponde presentarla como una denuncia pendiente de verificación.

Segundo: aplicar el mismo criterio a todos

Si consideramos inaceptable una conducta cuando la realiza un adversario, debemos estar dispuestos a cuestionarla cuando la comete un aliado.

Los principios pierden su valor cuando solamente se aplican a quienes no nos agradan.

Tercero: evaluar resultados, no solamente discursos

Los ciudadanos deben examinar las promesas, los presupuestos, las decisiones, los plazos y los resultados de la gestión pública.

Una intervención pública puede ser elocuente y, aun así, no resolver un problema. Del mismo modo, una medida puede ser impopular y merecer una evaluación seria de sus objetivos, costos y consecuencias.

Cuarto: dejar de compartir contenidos diseñados para humillar

No toda publicación viral merece ser difundida. Si un contenido busca provocar odio, ridiculizar a una persona o atribuir delitos sin pruebas, compartirlo puede ampliar el daño.

La libertad de expresión también exige responsabilidad en el uso de la palabra.

Quinto: recuperar el diálogo entre ciudadanos

Dos personas pueden votar por partidos diferentes y seguir siendo vecinos, familiares y amigos.

Discutir una política pública no obliga a despreciar a quien piensa distinto. La capacidad de convivir con el desacuerdo es una señal de madurez democrática.

Sexto: exigir transparencia en el financiamiento político

Los ciudadanos tienen razones para interesarse por el origen de los recursos que financian campañas, la publicidad política y las actividades de los partidos.

La transparencia ayuda a identificar posibles conflictos de intereses y permite evaluar con mayor claridad quién financia determinadas iniciativas y qué controles existen.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en su análisis de 2026 sobre la integridad pública en la República Dominicana, examinó los riesgos asociados al financiamiento de los partidos y las campañas, incluida la publicidad política digital y la influencia de terceros.

Fortalecer la rendición de cuentas no elimina automáticamente la polarización, pero contribuye a que el debate público se concentre en información verificable y reglas claras.

10. La pregunta que los partidos deberían responder

Si los partidos políticos aspiran a representar a la ciudadanía, deben demostrar que sus prioridades van más allá de ganar discusiones y conservar seguidores.

Deben explicar sus propuestas, reconocer los errores comprobados, ofrecer información sobre sus decisiones y establecer mecanismos de rendición de cuentas.

La oposición debe poder fiscalizar sin convertir cada diferencia en una acusación infundada. El Gobierno debe poder defender sus políticas sin tratar toda crítica como una conspiración. Los dirigentes deben aceptar que la popularidad no sustituye la responsabilidad.

Y los ciudadanos deben comprender que el voto no constituye una renuncia a la libertad de pensamiento.

El verdadero compromiso democrático no se demuestra defendiendo incondicionalmente a un político. Se demuestra exigiendo que cumpla sus obligaciones, sin importar el partido al que pertenezca.

La pregunta que debería acompañar a cada elección es esta: ¿qué propuestas mejoran realmente la vida de la población, cuáles son sus costos y cómo podremos comprobar sus resultados?

Ese cambio de enfoque permitiría que la competencia política se concentrara más en soluciones y menos en la fabricación de enemigos.

Preguntas frecuentes sobre la polarización política

¿Qué es la polarización política?

Es la profundización de las divisiones entre grupos políticos y sociales, especialmente cuando las diferencias dificultan el diálogo, la cooperación y la aceptación de hechos comprobados.

¿La polarización siempre es mala para la democracia?

No. La competencia entre ideas y la oposición al poder son necesarias. Se vuelve perjudicial cuando alimenta la desinformación, la hostilidad y el rechazo a las reglas democráticas.

¿Quién gana cuando los ciudadanos se enfrentan por los partidos?

Pueden obtener ventajas los actores que consiguen atención, apoyo o beneficios mediante la confrontación. Sin embargo, no existe una única respuesta para todos los casos: hay que examinar las conductas, los incentivos y las pruebas.

¿Cómo puede un ciudadano evitar la manipulación política?

Consultando varias fuentes confiables, verificando las afirmaciones, revisando el contexto de las publicaciones y aplicando el mismo criterio a todos los partidos.

¿Se puede apoyar a un partido y criticarlo al mismo tiempo?

Sí. De hecho, apoyar de manera crítica permite exigir mejores resultados y evita que la lealtad partidaria se convierta en una defensa automática de cualquier decisión.

Conclusión: el país no puede vivir eternamente enfrentado consigo mismo

La República Dominicana no necesita ciudadanos que renuncien a sus convicciones. Necesita ciudadanos capaces de defenderlas sin perder el respeto por los demás.

No necesita una sociedad donde todos piensen igual, sino una donde las diferencias no impidan investigar, dialogar, fiscalizar y buscar soluciones comunes.

Cuando una persona defiende a su partido incluso frente a hechos comprobados, cuando comparte una acusación sin verificarla o cuando considera enemigo a quien vota de manera diferente, contribuye a debilitar el espacio de diálogo del que depende una democracia saludable.

La responsabilidad no recae exclusivamente en los dirigentes. También corresponde a quienes consumen información, comparten publicaciones y deciden qué comportamientos premiar con su atención.

El ciudadano tiene derecho a exigir mejores gobernantes, pero también tiene la responsabilidad de no convertir la política en una excusa para abandonar el pensamiento crítico.

Porque, al final, los partidos compiten por el poder, pero los ciudadanos comparten el mismo país, las mismas calles y muchas de las mismas necesidades.

Cuando la política nos obliga a odiar al vecino para demostrar lealtad a un dirigente, algo esencial se ha perdido en el camino.

Y cuando la defensa de un partido importa más que la verdad, la justicia o el bienestar colectivo, la pregunta deja de ser quién ganó la discusión.

La pregunta pasa a ser quién está pagando el precio de nuestra división.

REFLEXIÓN EDITORIAL DE LA PLUMA PERSPICAZ

En La Pluma Perspicaz consideramos que la política debe ser un instrumento para mejorar la vida de la sociedad, no una razón para destruir la convivencia entre sus integrantes.

Nuestra reflexión no pretende favorecer ni perjudicar a una organización política. Invita a examinar a todos los actores con el mismo rigor, a distinguir los hechos de las opiniones y a reconocer que ningún dirigente merece una lealtad que anule la conciencia de sus seguidores.

La democracia no se fortalece cuando una parte de la población consigue silenciar a la otra. Se fortalece cuando las diferencias pueden expresarse, las autoridades rinden cuentas y los ciudadanos disponen de información confiable para tomar sus propias decisiones.

Que ningún partido sea más importante que la verdad, que ningún dirigente esté por encima de la rendición de cuentas y que ninguna diferencia política sea suficiente para convertir a un dominicano en enemigo de otro.

Ese sería un buen comienzo para recuperar la calidad del debate público y colocar las necesidades del país por encima de las rivalidades partidarias.

La Pluma Perspicaz. Información que educa. 


Fuentes de consulta

Nota editorial: Las cifras citadas corresponden a las publicaciones identificadas. Las interpretaciones y los ejemplos hipotéticos del artículo se presentan como análisis editorial, no como hechos atribuidos a una persona o partido específico.


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