ENRRIQUILLO EN LOS 80:
Enriquillo de los 80: cuando éramos ricos sin saberlo
Por Genil Cuesta Feliz
La Pluma Perspicaz.
Hay pueblos que no necesitan grandes obras para ser grandes… solo necesitan memoria. Enriquillo, en los años 80, fue uno de ellos.
Todo el que se dice enrriquillero vivió estos agradables recuerdos que hoy no solo nos sacan una sonrisa, sino que nos recuerdan quiénes fuimos.
Recuerdo las empanadas de Jina, la fritura de Albita y el mabí de Librado Cambimba en el mercado.
Recuerdo al señor Vidal y a la señora Faita como los riferos de quinielas de aguante más famosos del pueblo.
Recuerdo al señor Babán con su Chevrolet y su quitipo de la época, sonando desde las 7 de la mañana del domingo la música de Camilo Sesto.
Recuerdo las batidas de José Bermúdez en el mercado (esa era nuestra barra Payán).
Recuerdo la sastrería de Juan, donde trabajaban César Cachimbo, Joyio y Chicho el Sordo. Recuerdo al señor Sarabé con su centímetro colgando del cuello todo el tiempo en su sastrería, y más adelante el gordo Chilín sentado al frente de su casa, al lado de la farmacia de Gosú.
Recuerdo al señor Galón con su canasto enganchado del brazo vendiendo pan por el pueblo.
Recuerdo al señor Ángel Pérez y a Duarte Terrero como los únicos vendedores de pan en motores, con los panes de la panadería de Malote.
Recuerdo para la época el Amazon de Enriquillo, con el chofer Rafael (el negro feliz).
Recuerdo al señor Libar y al señor Toño, los únicos fotógrafos del pueblo cada uno en su motor Yamaha 80.
Recuerdo los jalaos de la Belén en el barrio y una puerca que tenía ella que le llamaban la venteadora.
Recuerdo la ventanita de donde nos tirábamos: Peleco, Aris el de Nelico, Ramón el de Amací y yo, a la altura de un poste de luz para caer en la arena.
Recuerdo el cine de Yony el de Mao, proyectando la película El Tiburón 2.
Recuerdo la academia de mecanografía del profesor Luis Tejada, la que para el pueblo significó el “centro tecnológico” de la época.
Recuerdo el bar de Gustio, los ataúdes del señor Melay, los dulces de Tata Menen y los anafes del señor Nivita.
Recuerdo los frío frío del señor Arnides y del señor Panchito el evangélico.
Recuerdo los chivos del señor Nelico bajando todas las tardes desde las cuevas, detrás de donde está el liceo actual.
Recuerdo los únicos dos motores del barrio: el motor de Santo el de Nina y el motor del profesor Regir.
Recuerdo al señor Luciano y su ayudante Adolfo (el bobo), llenando el camión de agua en el Mamonal, junto al señor Danubio que operaba la bomba.
Recuerdo al señor Agustín Pan Pan con su lazo, como Robert “Bob” Norris, el hombre Marlboro, montado en su caballo como el mejor vaquero de la época.
Recuerdo a Andrés “la cuchilla” con sus décimas, a Herodes Rodríguez, a Frank Guallo y a Fede cantando, todos dando shows artísticos gratis barrio por barrio.
Recuerdo al carnicero Elpidio, que en lo que vendía una vaca por libra en el mercado, se bebía tres potes de ron.
Recuerdo a Andrés el de Tata Menen como el único técnico de televisión de la época en el barrio, y a su hermano Salvador, que siempre andaba con una escopeta de perdigones en las manos.
Recuerdo al señor Perico como único técnico de refrigeración, y a Kiko el gordo que hacía equipos de música en el cerro.
Recuerdo al señor Viruta, Cheche Nanito y Sopito como los Mike Tyson de la época. Y el señor diablo viejo paseándose por nuestras calles.
Recuerdo el icónico Club Enriquillo y el restaurante de los Peña, presentando a Cuco Valoy en una fiesta.
Recuerdo al señor José Bambán como único profesor de matemáticas del liceo, y a la señora Albita como maestra de inglés.
Recuerdo al profesor Román levantando estudiantes con su combinación única: te agarraba por una oreja y por los cabellos que te quedaban hasta dominarte totalmente.
Recuerdo a Andrés “la tormenta” y al profesor Whisky como las únicas personas que sabían hablar inglés realmente.
Recuerdo a Miguel Caimán, al señor Francis y al señor Mechor como los únicos ebanistas del pueblo.
Recuerdo a Muñeca y a Tongo como los únicos plomeros del pueblo. Tongo se caracterizaba por “hollar” más que una come sola: con una mandarria rompía cualquier piedra.
Recuerdo cuando todos los estudiantes de primaria de la escuela Ismael Miranda corríamos desde la escuela hasta la casa de doña Mélida, esposa de Juan Guevara, para disfrutar de bollos y leche de Bambi como desayuno escolar.
Y recuerdo en el mercado el colmado de Machicha… entre muchas otras añoranzas.
Pero más allá de cada nombre y cada historia, hay una verdad que no podemos ignorar:
antes había poco… pero lo teníamos todo.
Hoy, cuando el tiempo ha cambiado nuestras calles y nuestras costumbres, vale la pena preguntarnos:
¿qué estamos haciendo para que las nuevas generaciones también tengan recuerdos que contar?
Este e
Artículo no es solo nostalgia.
Es memoria.
Es identidad.
Y es un llamado a no olvidar.
Si usted recuerda algo más, escríbalo en los comentarios.
Porque un pueblo que recuerda… nunca desaparece.
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