“SALVÓ UNA VIDA, no buscó likes”

 



 La técnica establece el “cómo”, pero la profundidad humana —y para muchos, espiritual— sostiene el “cuándo” y el “hasta dónde insistir”

POR: GENIL CUESTA FELIZ | laplumaperspicaz.   

En la escena que ha conmovido a muchos, no hay espacio para la improvisación. Lo que ocurre frente a ese recién nacido es la aplicación rigurosa del Neonatal Resuscitation Program, un protocolo internacional diseñado para actuar en los primeros segundos de vida. 

Cada movimiento del médico —la estimulación, la ventilación, la evaluación constante— responde a una secuencia precisa, estudiada y entrenada. 

En ese instante, la vida no depende del azar, sino de la disciplina, del conocimiento y de la capacidad de ejecutar lo correcto bajo presión extrema. 

Es la ciencia en su forma más pura: ordenada, exacta y orientada a salvar vidas. Pero hay momentos en que la técnica parece no explicarlo todo.

 La serenidad del médico, su enfoque absoluto, su dominio del tiempo y del método, evocan una dimensión más profunda. Como si en medio del caos se activara una guía interior. 

Entonces resuena con fuerza lo que expresa  ÉXODO 33:13: “AHORA, PUES, SÍ HE HALLADO GRACIA EN TUS OJOS, TE RUEGO QUÉ ME MUESTRES AHORA TÚ CAMINO, PARA QUE TE CONOZCA …”

Este versículo no habla de milagros instantáneos, sino de dirección, de claridad en el camino. Y eso es precisamente lo que parece manifestarse: un ser humano actuando con una lucidez que trasciende lo ordinario.

Cuando se observa el video  con atención, no se trata de elegir entre ciencia o fe. Se trata de entender que ambas pueden converger en un mismo punto. 

El protocolo NRP pone las manos en movimiento; la convicción interior mantiene la mente firme. La técnica establece el “cómo”, pero la profundidad humana —y para muchos, espiritual— sostiene el “cuándo” y el “hasta dónde insistir”

 Es ahí donde el acto médico deja de ser mecánico y se convierte en una intervención cargada de propósito, donde cada segundo es una decisión consciente de no rendirse.

Y finalmente, queda la escena que no se puede medir con instrumentos: 

ese médico inclinado sobre el niño, como si dialogara en silencio con la vida misma. Como si le dijera: “no te vayas”, mientras el cuerpo frágil del recién nacido respondiera: “aún puedo quedarme, ayúdame”

 Ese intercambio invisible no está en los libros, pero define a los grandes profesionales. Porque más allá del conocimiento, hay médicos que desarrollan una conexión profunda con su vocación, 

donde la responsabilidad se convierte en compromiso total. Y es en ese punto donde la medicina deja de ser solo ciencia… y se convierte en un acto profundamente humano, casi sagrado: luchar por la vida hasta el último aliento.



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